CRÓNICAS DE UN MELÓMANO: Julio de Rissio. Por CARLOS AVALLE

Hay personajes que están profundamente arraigados en determinados ambientes musicales. El personaje del cual les voy a relatar esta pequeña historia fue, y sigue siendo, adorado por muchos músicos argentinos de distintos estratos, del Rock Nacional, del Jazz de nuestros pagos, y de tantísimos otros seguidores y fanáticos de estas estrellas musicales y del arte en general.

No era músico ni tenía nada que ver en esos espacios. La cuestión es que, en los albores de los años ’80, un amigo me pasa un casete TDK grabado de forma artesanal con chistes y bromas que realizaba un tipo por teléfono. Obviamente estamos hablando de la era previa a los celulares. ¿Se entiende?

Este personaje descabellado y casi surrealista, pasó a formar parte de las reuniones o encuentros casuales que solíamos tener los melómanos de aquellos tiempos. Nadie sabía a  ciencia cierta quien era este hombre ni como se llamaba.

Se había formado una red de casetes clandestinos que nos pasábamos regrabados tratando de obtener la mayor cantidad de nuevas llamadas posibles. Diría que un club sin razón social alguna ni sede definida. Eso eran esas juntadas.

Si veías a un tipo con walkman caminando por la calle con auriculares riéndose solo, fija que estaba escuchando una de esas grabaciones. Pasó a ser un culto conseguir todo lo nuevo o viejo que había grabado de este caballero. Sus diálogos eran terribles. Sus monólogos inauditos. Muchos interlocutores caían en la trampa. No respetaba (en el buen sentido) a nadie. Todos eran objeto de las bromas más crueles e insólitas. Se podían escuchar en esas cintas los insultos más tremendos que se podías  imaginar, tanto de un lado como del otro del teléfono.

Un día indeterminado de los años ´80, me encontraba conversando con un  amigo (adicto como todos a este hombre) en la trastienda de una disquería (esos lugares en donde se vendía música grabada).De pronto escuchamos una voz conversando con el vendedor.  El asunto es que ambos, mi amigo y yo, nos miramos de forma cómplice sabiendo que esa voz nos era familiar. Seguimos escuchando mientras conversaba con el disquero del otro lado de la pared, en total silencio, atónitos.

Ya sin durarlo salimos y lo encaramos. Piensen que su rostro no se conocía. Solo su voz.

Después de varios titubeos de parte de Julio de Rissio, nos confesó, no sin antes hacernos jurar reserva absoluta, que él era autor de esas llamadas telefónicas. Mi amigo, el vendedor y yo estábamos absolutamente bloqueados. Descubrir la fisonomía de ese personaje había sido insospechada y absolutamente perturbadora para nuestras vidas.

A partir de ese encuentro fuimos los más buscados por los fanáticos, ya que habíamos conseguido que Don Julio (así lo llamábamos) nos alcanzara hasta ese local de forma habitual sus últimos llamados telefónicos.

Ese día nos quedamos hablando (en realidad solo él hablaba y contaba chistes) hasta no sé qué hora. Una experiencia irrepetible.

No sé si ya habrán descubierto su nombre artístico. Se hacía llamar Dr. Tangalanga, o Dr. Tarufetti.  

Un personaje irrepetible.

Ese mismo día lo invitamos a cenar para otro encuentro. Accedió de buen gusto diciéndonos que él no pensaba poner un mango (dixit).

Les prometo que la próxima columna les hablaré de esa imborrable y desopilante reunión…

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