EL BUSCÓN: “Las máscaras de Gilgamesh” (V). Por Isaac Morales Vargas

Alonso Quijano, de modo semejante a Gilgamesh, se propone perseguir una imposibilidad: ser un caballero andante. Para ello, se disfraza bajo la apariencia ridícula de Don Quijote y sale de su casa a recorrer España en busca de aventuras. Hasta este punto, la correspondencia entre el hidalgo español y el rey babilonio es evidente. Sin embargo, las peripecias que deben enfrentar ambos personajes son de distinta índole, se producen en condiciones disímiles y reportan consecuencias diversas, para conducirlos, curiosamente, al mismo fin: el glorioso fracaso.

            Una diferencia capital entre los dos grandes mitos es el conocimiento o la ignorancia de la suerte de cada uno; Gilgamesh debe esperar casi hasta el final de su aventura, al encontrarse con Utanapíshtim, para saber que jamás dejará de ser mortal; Alonso Quijano, por el contrario, tiene indicios de su propia desilusión desde el mismo momento en que decide emprender su primera salida: sus armas se encuentran en un estado deplorable; carece de una cabalgadura medianamente decente; él mismo es un hombre muy viejo, raquítico y sin preparación para combates de ningún tipo; él sabe, en fin, que no es ni puede ser un caballero andante, pero finge ignorarlo y empieza a cabalgar con Rocinante por los caminos de La Mancha. Y pronto su realidad se encarga de suministrarle sin demora no pocas dosis de implacable verdad. Ya en una de las primeras peripecias, la del encuentro con los mercaderes toledanos (Primera Parte, capítulo IV), Alonso Quijano recibe una humillante paliza y sobrevive solamente porque Cervantes así lo quiere.

Ese tipo de episodios se repite a lo largo de toda la novela, variando, desde luego, los escenarios, los motivos, los personajes que intervienen y hasta la reacción del manchego. Por más que otros caracteres quieren hacerle ver que su supuesta locura debe terminar, el hidalgo se empeña en seguir ejecutándola, rozando muchas veces lo morboso y cayendo en lo patético. Se diría que se trata de un rebelde pertinaz, de un ser permanentemente insatisfecho que prefiere una existencia de locura, o incluso la muerte, a una vida gris y pobre. En tal sentido, Alonso Quijano se nos muestra, pues, mucho más loable o necio (según cómo se mire) que el rey de Uruk.

            Otra distinción esencial entre las historias de los dos personajes que estamos examinando es la soledad o la compañía de los viajes; Gilgamesh recorre la tierra solo. De hecho, emprende su travesía porque se ha sentido desamparado tras la muerte de su amigo; Alonso Quijano, por el contrario, inicia su aventura como un caballero solitario, para procurarse después la fidelidad de Sancho Panza, quien, efectivamente, no lo abandonará jamás. Ese acompañamiento le proporciona al hidalgo varios motivos para persistir en su empresa. No es lo mismo fingir la locura ante uno mismo que hacerlo ante los demás, especialmente cuando se cuenta con un público crédulo y divertido. Si Alonso Quijano, tras alguna de sus frecuentes desventuras, llegara a dudar de sí mismo, a sentirse atraído por la tentación de volver a casa, ahí tendrá a Sancho Panza para animarlo a continuar. No es descabellado pensar, como lo expresa Franz Kafka en su gracioso y genial cuento corto La verdad sobre Sancho Panza, que Don Quijote es, al menos por momentos, una invención del manchego iletrado. Pareciera que el personaje Don Quijote es una creación conjunta de Alonso Quijano y de Sancho. La íntima relación entre los dos personajes españoles ilustra muy bien una variante del tópico universal del doble, en la cual los dos sujetos se complementan, como Gilgamesh y Enkidú, como Aquiles y Patroclo, como Dante y Virgilio. Sin embargo, ni siquiera la unión con su “fiel escudero” (una de las más conmovedoras y memorables de tota la literatura, por cierto) pondrá a salvo de la decepción a Alonso Quijano cuando tenga que atravesar la etapa más dolorosa y tragicómica de toda la novela: la estancia con los duques, en la Segunda Parte.

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