EL BUSCÓN: “Las máscaras de Gilgamesh” (IV). Por Isaac Morales Vargas

Una de las anécdotas más significativas de la historia literaria es la registrada por Giovanni Boccaccio en su biografía sobre Dante. Según refiere el gran cuentista italiano, pasaba Alighieri por la entrada de una catedral cuando dos mujeres, al verlo, empezaron a hablar sobre él en voz alta:

 —¡Mira! —exclamó una de ellas, señalándolo con el dedo—. ¡Ahí va el profeta que fue al infierno y regresó a la tierra para contárnoslo!

—¿Tú crees que el relato de su viaje sea verídico? —preguntó la otra.

—¡Claro! —replicó la primera—. ¿No ves cómo tiene la cara y la ropa chamuscadas por el calor que hace allá abajo?

Dante, al escuchar esas palabras, sonrió complacido y siguió caminando en silencio. Tal es, según creo recordar, el episodio narrado por Boccaccio. Si damos crédito a su pluma, esto demostraría que al poeta florentino le satisfizo plenamente haber sido confundido con su personaje. Más aún, podría decirse que una de sus obsesiones era inmortalizarse a través de una obra literaria. No es casual que los protagonistas de La vida nueva y de la Comedia sean o pretendan ser los mismos. Además, en su tratado teológico-político Monarquía Dante afirma expresamente su voluntad de ser recordado como un hombre glorioso (Libro I, capítulo I). No obstante, el testimonio más contundente de su anhelo de eternidad lo contienen los siguientes versos del Infierno, tantas veces citados y comentados:

“La honrosa fama que aún se conserva de ellos en el mundo que habitas los hace acreedores a esta gracia del Cielo que de tal suerte los distingue.”[1]

Son palabras que Virgilio le dirige a su pupilo en el Limbo, refiriéndose a los espíritus resplandecientes de Homero, Horacio, Ovidio y Lucano, que se destacan entre las demás almas opacas. Más adelante, dice Dante:

“Después de haber estado conversando entre sí un rato, se volvieron hacia mí dirigiéndome un amistoso saludo, que hizo sonreír a mi Maestro y concediéndome después la honra de admitirme en su compañía, de suerte que fui el sexto entre aquellos grandes genios.”[2]

A veces, se pierde de vista que la historia no es sino una reconstrucción de los hechos; la historia no es lo que pasó, sino lo que los hombres dicen que pasó. Se sabe, además, que una mentira poética suele ser más poderosa que una verdad histórica. ¿Es muy difícil, pues, pensar que Dante quiso borrar los límites entre ficción y realidad para ser recordado, al igual que Gilgamesh o Aquiles, por sus hazañas? El poeta compuso su obra para asegurarse la supervivencia terrenal en la memoria humana. Y, en la ficción, usurpa el lugar de Dios, asegurándose a sí mismo un lugar en el Paraíso. Sin embargo, poco importa cuál fue su destino en el más allá. Aquí, en la tierra, tanto el autor como el personaje de la Comedia han estado vivos en sucesivas generaciones de lectores de todo el mundo, y así permanecerán mientras exista la civilización humana.

En nuestro próximo encuentro, examinaremos al personaje literario que más parecido guarda con Gilgamesh, y que se puede leer como su evolución y culminación: Alonso Quijano, conocido popularmente como Don Quijote de la Mancha.


[1] Infierno, Canto IV, vv. 76-78

[2] Infierno, Canto IV, vv. 97-102

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