CUENTOS: “Desde el rincón de la araña”. Por MÓNICA CENA

No me queda otra, pensaba Nacho. Es esto, o un balazo en la cabeza.

Había golpeado tres veces, y la puerta continuaba cerrada. Miró nuevamente el papel que tenía en las manos y se aseguró de que la dirección fuera la correcta.

Estoy loco, pensó. Mejor me voy. A esta hora ya debe estar durmiendo.

Y empezó a bajar la escalera. A cada paso, los escalones crujían bajo sus pies, y el resto del edificio permanecía en un silencio que lo estremecía.

Se detuvo. Había llegado con la idea de que aquel día comenzaría una vida nueva y estaba huyendo sin darse esa oportunidad.

Una noche más, pensó, sólo una noche más. Juro que es la última.

La puerta que había golpeado se abrió a sus espaldas, y se asomó una mujer en silla de ruedas.

—Qué poca paciencia, mi amigo —le dijo la mujer mostrando los pocos dientes que tenía—. Suba.

Nacho subió hasta el departamento y entró. El aire viciado lo obligó a contener la respiración.

—Siéntese —dijo ella con una mueca que no prometía nada bueno—, creo que sé qué lo trae por aquí. ¿Me equivoco? —Y cerró la puerta de un golpe.

Ya no había vuelta atrás.

—Bueno —dijo Nacho—, es lógico, ya habíamos hablado algo por teléfono.

La mujer rio burlonamente haciendo un poco de espacio en la mesa.

—Recibo llamados todos los días —dijo señalando los objetos que tenía sobre la mesa y en los estantes de la pared. Y continuó—: Vamos, ¿por qué no me muestra ese reloj y continuamos con el negocio?

Nacho no estaba del todo convencido de empeñar el reloj de oro que le había dejado su padre. Y menos para pagar deudas de juego: era deshonrar su memoria. Ese reloj… lo único valioso que le quedaba de su familia. Pero si no le pagaba al Tuki, era hombre muerto en cuarenta y ocho horas.

—Aquí tiene —dijo por fin sacando del bolsillo una funda de terciopelo—. Le pido por favor que lo trate con cuidado. En cuanto consiga el dinero, vuelvo para retirarlo. ¿Cuánto me daría por él?

—Despacito, nene. Primero tengo que ver si es legítimo o una falsificación. Luego, si es oro o enchapado. Dame unos minutos y te digo.

La mujer se fue a otra habitación a traer sus herramientas de joyería.

El amontonamiento de cosas en el departamento daba más asco que la vieja misma. Si hasta había media docena de botellas en un rincón.

Nacho se quedó esperándola, sofocado por el hedor caliente: todo estaba húmedo y lleno de tierra. Pero un escalofrío le mordió la espalda cuando vio dentro de una pecera una araña grande de pelo naranja, con colmillos rojos y ocho ojos amarillos.

—Ah —dijo ella al volver—, ¿ya la conoció a Lucrecia? —Traía un maletín sobre la falda donde, seguramente, guardaba sus herramientas—. Es mi compañera desde hace veinte años. La traje del Amazonas. En esa época yo todavía caminaba, sabe.

—¿Es venenosa? —preguntó Nacho sin poder disimular la repugnancia.

—No sé, conmigo no. Hace tanto tiempo que la tengo, que ya se comporta como un perrito.

La araña observaba todo desde su rincón, inmóvil, y cada tanto dejaba la mirada fija en Nacho, o al menos eso le parecía a él. La mujer disfrutaba viéndole la cara.

—Vení, amor —dijo ella a la araña, entreabriendo la pecera y metiendo un poco la mano—. Vení con mami.

La araña pareció entender lo que le decía, y lentamente fue subiendo por el brazo hasta acomodarse en el hombro izquierdo. Una vez allí, las dos se hicieron mimos con la mayor naturalidad. Nacho veía eso, y del asco quería salir corriendo.

—¿Ve? Es como un perrito. —Y metió la mano en la pecera nuevamente—. Dale, Lucrecia— le dijo a la araña—, volvé a tu casita que mami tiene cosas que hacer.

Extrañamente, la araña obedeció a su dueña y se metió en su nido en el rincón de la pecera.

—Hace calor acá —dijo Nacho como para cambiar de tema.

—Sí, pero a Lucrecia le gusta. Es como en el Amazonas.

Casualidad o no, la araña se asomó como si hubiese respondido a un llamado.

—Andá a dormir, Lucre —dijo la mujer, y la araña volvió a meterse en su nido.

—Doña, no demoremos más.

La mujer sacó del maletín un objeto que se acomodó en el ojo, y miró detenidamente el reloj.

—Un reloj antiguo —decía mientras lo estudiaba—, a cuerda.

Luego lo abrió para revisar la maquinaria y con una lima le hizo varias raspaduras —Nacho sintió que lo lastimaban a él, pero se aguantó—. Y ahí echó la vieja un líquido de un gotero.

—Es una joya —dijo por fin—. Excelente maquinaria, oro dieciocho quilates. Te doy… —Sacó una calculadora, hizo varias cuentas y agregó—: quince mil pesos.

—Ese reloj vale más de sesenta mil —A Nacho se le había congelado el alma. Hizo un gesto de levantarse, pero se arrepintió. Tragó saliva y se quedó a ver si podía negociar.

—Mirá, chiquito —le dijo ella devolviéndole el reloj—, es lo que te doy. Y mirale el lado bueno: si te doy más, no vas a poder conseguir la plata para retirarlo.

—Pero no me alcanza…

—Veinte. Ni una moneda más. —La mujer lo miraba como una araña que espera a que su presa caiga en su tela. Hasta en eso se había mimetizado con su mascota—. Veinticinco, o te vas a buscar presupuesto a otro lado.

—Está bien —dijo Nacho con más ánimo—. Veinticinco. Me da recibo, ¿no?

—Por supuesto, querido —dijo la vieja soltando una carcajada endemoniada—. ¿Con quién te creés que estás hablando?

La mujer estiró una mano y de la mesa agarró un talonario. Completó una boleta con los datos de Nacho y del reloj. Luego sacó de una cajita los veinticinco mil pesos y se los dio a Nacho junto con el recibo.

Él agarró la plata y se fue sin decir nada. Todavía estaba a tiempo de llegar a la mesa de póker a pagar su deuda. El resto lo invertiría en buscar un buen trabajo.

La mañana siguiente lo sorprendió entrando en su casa sin una moneda y con el sabor de la frustración: se había prometido no volver a apostar, y no pudo cumplir con su palabra.

Por lo menos le pagué a Tuki, pensó.

—Toqué fondo —dijo para sí. Pero sea como sea iba a recuperar el reloj del viejo.

Le llevó más de una semana juntar la plata. Vendió hasta la cocina y el termotanque. Lo único que lo reconfortaba era pensar que esa misma tarde tendría el reloj de nuevo.

—Qué hacés, pibe —le dijo la vieja a modo de saludo—. ¿De nuevo por acá?

El tufo, ahora más intenso, le cerró la garganta. Vendría de la vieja que tenía las mismas ropas que la última vez.

—Vine a retirar el reloj —dijo Nacho mostrándole la boleta.

La mujer agarró el papel, se acomodó los lentes y lo miró varias veces.

—Esto no sirve —dijo—. Está vencido.

—No puede ser…

—Sí —insistió ella mostrándole la boleta—. Fijate: tenías tiempo hasta ayer para traer la plata.

—¿Entonces? —dijo Nacho conteniendo la bronca.

—Entonces el reloj es mío —dijo la vieja con sarcasmo.

—Me está jodiendo —largó Nacho incrédulo.

—Pibe… —La vieja rompió el papel en varios pedazos—. Pibe, los negocios son los negocios.

Nacho sintió una fuerte presión en el pecho, le faltaba el aire. Era como si el ambiente se oscureciera. Y sólo veía la boca desdentada de la vieja.

—¿Qué me mirás con esa cara de estúpido? —la oyó decir entre risa y risa—. Andate, pibe.

Casi sin pensarlo, Nacho la agarró del cuello y la sacudió con violencia.

—¡Dámelo ahora mismo, vieja de mierda! —le decía mientras le hundía los pulgares en la garganta—. ¡Dámelo ya!

La vieja quiso defenderse tirando manotones y rasguñándolo. La silla de ruedas se deslizó chocando con los muebles hasta que los dos cayeron juntos al piso haciendo rechinar la madera. Enseguida todo quedó inmóvil.

—¿Qué hice? —dijo Nacho desesperado, tratando de reanimar a la mujer que yacía de costado, mitad en la silla y mitad en el piso.

Le buscó el pulso o alguna señal de vida: nada.

Lo primero que hizo fue agarrar el reloj y guardarlo en el bolsillo. Luego se sentó frente al cadáver a pensar qué podía hacer.

No quería ir preso.

Repasó mentalmente cada cosa que había tocado. Se levantó, las limpió con su camisa y las dejó como las había encontrado. Incluso sentó a la vieja en su silla de ruedas y la acomodó frente a la mesa, al lado de la pecera de la araña.

—¡La araña! —pensó en voz alta—. ¿Dónde mierda se metió Lucrecia?

 La pecera estaba vacía. Pero él no se iba a detener en buscar al bicho inmundo, y menos a llamarlo.

Apagó la luz y salió con cuidado de que nadie lo viera, seguro que no quedaban rastros de su visita.

Esa noche, no pudo conciliar el sueño, revivió cada detalle: tenía miedo de haber dejado huellas, o algo que lo relacionara con el crimen.

Todo quedó en orden, se dijo mirándose los rasguños de la cara en el espejo: limpié bien la mesa, el picaporte, la pecera. Hasta le cepillé las uñas a la vieja con el resto de lavandina que encontré entre ese montón de botellas del rincón.

Repasaba en su mente una y otra vez cada cosa. Sin embargo, sentía que algo se le había escapado.

—¡La boleta! —dijo en un sobresalto.

Y corrió hasta donde tenía los pedazos que había traído para armar el rompecabezas.

—¡Falta una parte! —gritó—. ¡Dios! La parte que tiene mi nombre.

No le quedaba otra que volver a ese departamento apestoso para recuperar el pedazo de papel antes de que la policía lo encontrara.

Y fue. No había nadie en el pasillo ni en las escaleras; entrar sin llamar la atención sería fácil. De paso, echaría un último vistazo para verificar que todo estuviera en su lugar. Y hasta podría llevarse la caja de la plata.

La puerta estaba sin llave como la había dejado. El ambiente, a oscuras, y el tufo era agrio, todavía más insoportable.

Apenas encendió un velador de mesa para que nadie sospechara, y con la linterna de su celular se ayudó a buscar el pedazo de papel incriminador.

El cadáver estaba allí, sentado en la silla de ruedas como lo había dejado y con la boca abierta, sólo que la araña se había encargado de tejerle una mortaja: la vieja estaba literalmente dentro de un capullo.

Revisó por todas partes, y el papelito no aparecía. Pensó, entonces, que podría haber quedado entre las ropas de la vieja. Se acercó más, iluminó por entre los hilos de la telaraña cada centímetro de la mujer.

—Lo encontré —dijo haciendo arcadas: el papel estaba dentro de la boca del cadáver. Era repugnante introducir los dedos allí, pero no tenía otra opción.

Metió suavemente el índice y el mayor de la mano derecha hasta el papel. Ya lo tenía y lo iba sacando sin tocar nada, cuando un dolor intenso le durmió los dedos.

Retiró la mano de inmediato y vio que la araña, que había permanecido escondida dentro de la boca de la muerta, ahora estaba prendida a su mano, mordiéndolo como un perro.

Trató de arrancársela, pero el dolor era tan intenso… Y cuanto más tironeaba, más se le clavaba en los músculos. A medida que el veneno subía por las venas del brazo, le producía un efecto que lo alejaba de la realidad.

Nacho se despertó con un fuerte dolor de cabeza y con los ojos medio pegados por una lágrima pastosa. Se sentía afiebrado, con el labio superior hinchado. No recordaba lo que había sucedido.

Trató de ponerse de pie y vio cómo el brazo derecho, que no le respondía, había duplicado su tamaño. Morado oscuro, le pesaba como una bolsa de agua.

No podía mantenerse despierto. Al rato recordó la mordida de la araña y cómo había golpeado al caer contra la mesa ratona.

—Pensé que había sido una pesadilla —se oyó decir.

Se levantó a los tumbos, no sabía qué hacer para recuperar la lucidez. Fue a la cocina, se lavó la cara con agua fría y volteó sobre su hombro para ver otra vez el cadáver de la vieja: la araña seguía recorriéndola con su seda como en un misterioso ritual funerario.

Voy a aprovechar que está distraída y me voy a ir, pensó Nacho.

Pero la araña lo miró y levantó las patas delanteras como una amenaza. Nacho quedó inmóvil. Al rato, se animó a dar unos pasos, pero el efecto del veneno lo mareó y lo hizo caer al lado de la silla de ruedas de la vieja. Se quedó dormido.

Cuando despertó, había perdido la noción del tiempo. Estaba todo oscuro, apenas iluminado por la lamparita del velador que dibujaba con las sombras los monstruos más espantosos que jamás hubiera imaginado.

Sentía la mandíbula entumecida. Buscó la manera de ejercitarla como para hablar y pedir auxilio. Fue en ese momento que vio descender a la araña desde el techo sobre un hilo fino de seda que se detuvo sobre su boca. Nacho ni se atrevía a respirar. Ya lo había mordido una vez, no quería que lo volviera a hacer. Pero era consciente de que mucho tiempo no podría quedar en ese estado: necesitaba una atención médica urgente o moriría.

Aguantaría la respiración hasta que la araña se fuera a seguir con su rito funerario, pero quedó dormido. Al despertar, descubrió que él también estaba envuelto en una telaraña desde los pies hasta las manos, y que la necrosis de su brazo derecho avanzaba de manera asombrosa hacia el hombro, y seguía hasta tomarle parte de las costillas.

Tenía mucha fiebre, no sabía cuánto, lo suficiente como para confundir la realidad con viejos recuerdos que creía sepultados: recordaba con nitidez el día en que su madre los había abandonado por irse detrás de un tipo que le prometía cosas. Él había quedado con su padre y de ella jamás había vuelto a saber. De una imagen saltaba a otra, a las noches en que quedaba al cuidado de una vecina hasta que su papá llegara del trabajo. Él le dejaba el reloj para que se lo cuidara hasta su regreso: un símbolo de que iba a volver. Y un día no volvió: había tenido un accidente. Y Nacho, chiquito y solo, se aferró a ese reloj como único recuerdo de valor de su infancia, del amor de su padre. Amor que él mismo había traicionado al empeñarlo por una deuda de juego.

La vigilia y el sueño se le confundían en un pasaje constantes de imágenes con sentidos caprichosos y sin cronología: por un momento era un niño de diez años, por otros era el joven que apostaba lo que robaba a los drogadictos distraídos.

Cada tanto abría los ojos y se arrastraba hasta la cocina para tomar un poco de agua. No le importaba tanto no poder caminar como la sed que lo consumía por dentro.

El efecto de la luz hizo que la araña se le presentara monstruosamente grande. La vio abrir sus fauces con intención de tragárselo. Un grito de terror salió de su garganta y espantó al bicho asqueroso que corrió a esconderse en su pecera. Tal había sido el esfuerzo de Nacho, que volvió a desmayarse.

Entre sueños escuchó la voz de su padre: Hijo: te di una vida y la destruiste.

Voy a recuperar el reloj, papá, le dijo Nacho en su delirio. Y el padre: Ya no importa, dijo y desapareció.

No me dejes, papá, lloró Nacho. Otra vez, no.

A pesar del mareo, intentó levantarse. Pero cayó sobre el cadáver de la vieja que estaba muy hinchado. El golpe fue tan brusco que un sonido salió del interior del cuerpo. Parecía una risa sarcástica, como si la vieja se burlara de él. Y ahí descubrió que con el golpe a la vieja se le había explotado la panza.

¿Cuánto tiempo había pasado solo con el cadáver y la araña? ¿Cuánto tiempo le quedaría de vida? Su brazo hinchado, su hombro inmóvil, sus piernas entumecidas, la necrosis que avanzaba y la fiebre que no cedía eran graves impedimentos para huir.

Y mientras tanto, la araña lo miraba desde su rincón en la pecera como si hubiera terminado con su venganza.

Con el último aliento, Nacho se arrastró hasta las botellas. Agarró un frasco de alcohol. Volvió junta a la silla, apoyó la espalda en la gigantesca rueda y roció a la vieja con parte del alcohol, el resto lo terminó de vaciar en la pecera y en su propio cuerpo.

Metió la mano izquierda en el bolsillo y buscó los cigarrillos y el encendedor. Encendió uno y le dio una pitada. Una violenta tos y sangre le mostró que el veneno ya había llegado a los pulmones.

—Sos muy turra, vieja —le dijo al cadáver—. ¿Pero, sabés una cosa? A tu bicho inmundo me lo llevo conmigo.

Y encendió el resto de los cigarrillos y lanzó la antorcha contra la pecera.

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