CUENTOS: “Sarita”. Por Isaac Morales Vargas

Como su estatura apenas pasaba de la mitad de una pulgada, le puso por nombre Pulgarcita.

Hans Christian Andersen, Pulgarcita.

I

Una anciana desgarbada se encontraba hincada en la orilla del mar, de noche, llorando en silencio. La playa estaba débilmente iluminada por el resplandor de las estrellas y de unos bombillos incandescentes que ardían entre las palmeras. Apenas si hacía una ligera brisa, como si las olas se agitasen por sí solas. La mujer mantenía la vista fija en el cielo, mientras las lágrimas brotaban incesantes de sus ojos y resbalaban por el agrietado rostro. De pronto, vio pasar una estrella fugaz. Por unos segundos, creyó haber imaginado la visión de aquél astro, de modo que cerró los ojos un instante y luego empezó a abrirlos lentamente. Entonces vio a otra estrella fugaz cruzar el firmamento. ¡Pediré un deseo!, pensó, muy excitada, y se puso de pie.

—¡Ya que mi única hija ha muerto, quisiera tener otra! —exclamó—. Pero, ¡eso sí!, mi nueva niña tiene que ser secreta, para que esté protegida de la envidia que me arrebató a mi primer retoño. ¡Ojalá que el cielo conceda esta petición de una pobre vieja desamparada!

En seguida, oyó un ruido extraño muy cerca de ella. Miró a su alrededor y casi entró en pánico, pues creyó ver la silueta de un cangrejo sobre la arena. Luego, notó que en realidad se trataba de una pequeña madreperla. La tomó entre sus manos y, pasito a pasito, caminó hasta la palmera de la que colgaba el bombillo más cercano. Acercó el molusco a la luz tanto como pudo y se maravilló al ver que aquél era muy singular, todo de color blanco y tan suave como la seda. Intrigada por el hallazgo, la mujer ocultó la ostra entre su ropa y, después de cerciorarse que nadie la espiaba, se fue sigilosamente a su casa.

La morada de la anciana apenas estaba armada por cuatro paredes de tablas y un techo de zinc. La señora entró, encendió la luz y, con cierto esfuerzo, se sentó en la única cama del lugar. Seguidamente, tomó la madreperla entre sus manos y empezó a examinarla detenidamente. Justo en ese momento, la concha se abrió en dos, revelando que dentro de ella dormía nada menos que una niña. ¡Sí, una niña diminuta! Lucía un vestidito blanco sobre una piel colorada como la canela. Tenía el cabello oscuro y largo, reluciente. La anciana percibió un aroma de azafrán que parecía salir de la nena misma.

      —¡Esto es un milagro! —exclamó por fin la señora—. ¡Qué criatura tan linda!

      Entonces la niña se despertó. Parpadeó lentamente y miró a su alrededor. Cuando notó la presencia de la anciana, se incorporó y alzó instintivamente los brazos hacia ella. La mujer, que no cabía en sí de la emoción, no sabía si tomar a la pequeña entre sus dedos por miedo a lastimarla; ¡parecía tan frágil!

      —¡Ay, qué feliz me siento! —exclamó la anciana—. ¡Así debió de sentirse Sara, la santa que aparece en la Biblia! ¡De modo que te llamarás Sara, hija mía! ¡Pero eres tan pequeñita! ¡No, mejor te llamaré Sarita!

      —¡Ma-má! —balbuceó Sarita.

      A partir de ese día, la anciana dedicó todo su tiempo a cuidar de la niña; confeccionó cientos de vestiditos de colores vivos; se procuró una casita de muñecas y suplantó el mobiliario de juguete por uno funcional, hecho por ella misma en madera. También conversaba con la nena intentando transmitirle su sabiduría, y por las noches le leía cuentos de hadas e historias mágicas. Sarita, por su parte, fue desarrollándose sin dejar de ser pequeñita, hasta que llegó a convertirse en una señorita muy educada y audaz. Se diría, en resumen, que cada una de las dos mujeres existía solo para la otra. Sin embargo, la madre estaba cada vez más angustiada, pues ya sentía cernirse sobre ella el manto inexorable de la muerte y le aterrorizaba la idea de que Sarita cayera en manos de alguna persona malvada.

      —Hija mía —le dijo una mañana—, quiero que hoy te pongas tu mejor vestido, pues voy a presentarte a un buen hombre que cuidará de ti cuando yo haya muerto.

      —¿Por qué piensas tanto en eso? —replicó Sarita, mientras cepillaba su cabello frente al espejito de su habitación de muñecas—.      Tú vivirás muchos años más, no te preocupes tanto.

      —Nunca se sabe —replicó la anciana, encogiéndose de hombros—. Es bueno estar preparadas.

      —Como quieras, mamá —dijo la doncella—. Pero si ese hombre es un cerdo, ¡le clavaré una hojilla en la cara!

      —¡Ja, ja, ja! —rió la señora—. ¡Tú has aprendido a defenderte, pero no seas tan fiera, o te morirás sola!

      —Lo que yo necesito es conocer a alguien como yo —replicó Sarita—, alguien chiquitito. ¿Por qué yo sería la única persona así en todo el mundo?

      —Ya te lo he dicho, hija —repuso la anciana, con tono cansino—. Tú eres un milagro de Dios. No hay otra criatura como tú en ninguna parte.

      —¡Jum! —gruñó la doncella.

      Por la tarde, Sarita se puso un largo vestido de color verde manzana y se ciñó en la cabeza un cintillo blanco. Después se sentó es la salita de la casa de muñecas mientras conversaba con la anciana, quien estaba de pie, ansiosa, asomada a la única ventana del hogar. Hasta que, al fin, el hombre esperado llegó.

      —Buenas tardes, señora —saludó este—. No le importa mi retraso, ¿verdad?

      —¡No, para nada! —respondió la anciana—. Pero no se quede ahí parado frente a la puerta, pase adelante.

      El hombre entró mirando a su alrededor con un rostro inexpresivo.

      —Bueno, vayamos al grano. Me dijo usted que hoy conocería a su hija, pero no veo a nadie más aquí.

      —Yo le dije que mi hija es pequeña —repuso la anciana, en tono de reproche.

      —Sí, pero le digo que no hay nadie más en esta casa. No veo niños por ninguna parte. Usted me está haciendo perder el tiempo.

      —¡Si está muy apurado, entonces váyase ahora mismo!

      —¿Quién ha dicho eso? —preguntó el hombre, después de un breve silencio.

      —Ha sido mi hija —informó la señora—. Ahí está, dentro de la casa de muñecas. Acérquese.

      El hombre se acercó lentamente a donde le habían indicado y abrió mucho los ojos cuando vio a Sarita.

      —¡Santo Dios! —exclamó por fin —. ¡Usted me había dicho que su hija era pequeña, pero no tan exageradamente pequeña! ¡Es un fenómeno!

      —Me llamo Sarita —informó la doncella—, y no soy ningún fenómeno. Solo soy una mujer única. Eso es todo.

      —¡Qué hermosa eres, Sarita! —exclamó el hombre, sentándose en la cama de la anciana para ver más cómodamente a la doncella—. Me llamo Henry. Para mí es un placer…

      —¿Y a qué te dedicas, Henry? —interrumpió Sarita.

      —Tengo una Fundación que se encarga de ayudar a personas de escasos recursos —informó Henry, poniéndose muy serio.

      —¿Y vives de eso, de ayudar a los demás? —inquirió la doncella—. Debes de tener ingresos propios, a menos que te robes el dinero de tu Fundación.

      —¡Sarita, por favor! —exclamó la anciana.

      —No se preocupe, señora. No me molesta —dijo Henry, que ya tenía un rostro duro—. Bueno, Sarita, tienes razón. También soy comerciante. Compro y vendo de todo.

      —¿De todo? —preguntó Sarita.

      —Sí, de todo —afirmó Henry, en tono terminante—. ¡Pero qué bella eres! ¡Déjame tocarte!

      Apenas el hombre había extendido la mano hacia la doncella, cuando ya esta se había puesto de pie con una aguja en ristre.

     —¡Ni se le ocurra! —gritó—. ¡Nadie me toca sin mi permiso!

     —¡Suelta esa aguja, por Dios! —le ordenó la anciana—. ¡Henry solo pretende ser amable!

      El hombre, relamiéndose los labios que esbozaban una oscura sonrisa, miró fijamente a Sarita, pero enseguida adoptó una seria expresión y prometió cuidar de la niña. Luego, se despidió brevemente y abandonó el lugar.

      Aquella era la primera vez que Sarita veía personalmente a alguien que no fuera su madre, de modo que se había asustado mucho por la actitud de Henry. Además, le pareció que era un hombre falso y repugnante. Por ello, a medianoche, la doncella salió de su casa de muñecas y se acurrucó entre los blancos cabellos de la anciana, que siempre olían a rosas, y durmió confiadamente.

      Al despuntar la mañana, se despertó muy contenta, caminó hasta una de las mejillas de la señora y empezó a acariciarla suavemente con intención de despertarla. Sin embargo, la anciana no reaccionaba. Entonces intentó empujarla, le golpeó y pateó la cara, le gritó repetidas veces, pero aquella seguía sin responder. Solo cuando trepó sobre su cara y con ambas manos separó los párpados que intentaban cubrir una mirada vacía, fue que comprendió que la anciana estaba muerta. Pero Sarita no vertió ni una lágrima, sino que se quedó muy quieta, casi como una estatua, sentada en la frente del cadáver.

      Bien avanzada la tarde, Henry regresó a la casa. Dado que había visto el cuerpo de la anciana a través de la ventana, empezó a golpear la puerta insistentemente, pero Sarita se negaba a abrirle. Así pasaron unos minutos hasta que, harto de esperar, Henry derribó la puerta de una patada. Al entrar y acercarse a la cama, exclamó:

      —¡Por fin se murió la vieja! —y echó una carcajada.

      Sarita había tenido la precaución de esconderse debajo de la cama, esperando un descuido del hombre para huir.

      —¡Bueno, después del largo recorrido que he hecho hasta aquí, voy a dormir un poco! —vociferó Henry, y se sentó en la cama, haciendo el cadáver de la anciana a un lado.

      Sarita veía las botas inmóviles del hombre, tan inmóviles como ella misma. Pasaron cinco, diez, veinte minutos, y ninguno de los dos se movía. Al fin, Sarita salió de debajo de la cama y echó a correr hacia la puerta, pero no había dado ni cinco pasos cuando una mano pesada y gruesa la arrebató hacia arriba.

      —¡Aquí estás, ratita! —exclamó Henry, acercándosela a la cara—. Creíste que te burlarías de mí, ¿no es así? ¿Qué pasa, no puedes hablar? ¿Te falta el aire? ¿Acaso te estoy asfixiando? Mira lo que he traído —añadió, mientras abría y cerraba amenazadoramente una tijera de aluminio que tenía en la otra mano—. Es para ti, hermosa Sarita. Si te pones difícil, te cortaré ese largo cabello que tienes. Y se te pones todavía peor, te cortaré otra cosa… ¿Entiendes? Pero si mantienes la compostura conmigo, yo la mantendré contigo.

      Sarita había quedado paralizada al ver la temible tijera abrirse y cerrarse tan cerca de ella. Henry abrió la neverita del hogar y extrajo un frasco vacío de mayonesa. Lo destapó y metió a Sarita en él. Luego lo volvió a tapar, asegurándose que quedara bien cerrado, y depositó el frasco en un bolsillo interno de su chaqueta. ¡Sarita estaba tan conmocionada! El calor la sofocaba y ella estaba sumida en completa oscuridad. Se bamboleaba de un lado a otro, y en silencio deseó que un milagro la liberara de aquél frasco.

      Por fin, Henry dejó de moverse y Sarita escuchó que conversaba con una mujer, a pesar de que las voces le eran algo remotas.

      —Pues, sí, Marta —decía Henry—. Te he traído una mercancía que te va a gustar.

      —Me extraña, querido —replicó la voz de mujer—. Ya tú sabes que yo solo las compro al por mayor.

      —Sí, pero esta vale más que dos docenas juntas —repuso Henry—. Te la mostraré.

      Y extrajo el frasco de su chaqueta. Sarita estaba sentada, con expresión seria, y vio ante ella a una mujer gordísima de ojos como si fueran dos grandes escarabajos. Al parecer, se encontraban en la sala de una casa grande. La mujer gorda contempló a Sarita un rato y depositó el envase sobre una mesa. Salió del lugar con Henry y, un momento después, regresó sola. De inmediato, destapó el frasco y lo inclinó con mucho cuidado.

      —¡Sal, no tengas miedo! —invitó la mujer gorda—. No te haré daño, sal de ahí. Eso es, no temas. Eres una niña muy bonita, ¿sabes? No te conviene estar en manos de un bruto como Henry. ¿Tienes nombre, o quieres que te ponga uno? ¿Te gustaría Esmeralda? ¿O Rubí?

      —Me llamo Sara —respondió la doncella—. No necesito otro nombre.

      —Te llamas Sarita, ahora recuerdo —corrigió la mujer gorda, que no era tan gorda como la doncella la viera desde dentro del frasco—. Yo soy Marta, tu nueva dueña.

      —¿Mi nueva dueña? —exclamó Sarita, indignada—. ¡Pero si yo no soy una mercancía; yo soy una mujer! ¡Déjeme en libertad!

      —¡Pero qué graciosa criatura! —exclamó Marta—. Sé que has crecido como una dama consentida, pero las cosas han cambiado. Yo necesito ganarme el pan con mi trabajo, así que tú me ayudarás, ¿de acuerdo? Nadie va a regalarte nada. Cuanto antes aprendas esta verdad, será mejor para ti.

      —¿Y quién sepultará a mi madre? —se quejó Sarita—. ¡Ella solo me tenía a mí! ¡Tenemos que regresar a darle un tratamiento digno a sus restos!

      —Creo que todavía no has entendido —dijo Marta—. Ahora, yo soy tu dueña y solo harás lo que te ordene.

      —¡Tú no eres más que una horrible morsa! —gritó Sarita—. ¡Yo no tengo dueña!

      Muy ofendida, Marta metió a Sarita en el frasco de un manotazo.

      —¡Escúchame, mujercita estúpida! ¡Me importa un bledo tu abuela muerta! —vociferó Marta, mientras tapaba bruscamente el frasco—. ¡Y pensar que ese maldito de Henry me dijo que eres tan mansa como un conejo…! ¡Ja! ¡Pero no importa! ¡Ya te enseñaré a obedecerme!

      Entonces Marta salió de la sala con el frasco en la mano y entró en lo que parecía ser un jardín abandonado. Ubicó el envase entre una mata de sábila que se hallaba rodeada de otras plantas silvestres y se alejó. Sarita vio en aquél momento cómo algunos insectos iban y venían por el suelo terroso, mientras dos ratas mordisqueaban desperdicios en una esquina. Empezaba a anochecer.   

      Ya en plena madrugada, Sarita tiritaba de frío. Además, había visto a tantas criaturas moverse entre las sombras, que mantenía los ojos cerrados deseando que la noche se fuera pronto, pero la noche no se iba. Y de súbito, en un arrebato de coraje, la doncella abrió los ojos y vio con espanto a una tarántula que movía sus largas y peludas patas sobre el cristal del frasco. Sarita empezó a gritar y a revolverse de tal manera, que el envase cayó al suelo y rodó hasta chocar con una vieja lata de sardinas de la que enseguida salieron varios insectos nauseabundos.

      —¡Ayuda, sáquenme de aquí! —gritaba la doncella—. ¡Por favor, que alguien me ayude! ¡Socorro!

      Entonces se encendió una luz dentro de la casa. Luego apareció Marta iluminando su paso con una linterna. Recogió el frasco del suelo y lo ubicó muy cerca de su cara. Cuando habló, Sarita la oyó perfectamente.

      —¿Estás bien, Sarita? —preguntó.

      —Sí, señora —respondió la doncella, procurando sonar calmada.

      —¡Así me gusta! —celebró Marta—. Entonces, ¿has entendido que soy tu ama, y que solo harás lo que te ordene?

      —Sí, señora —respondió Sarita, mecánicamente.

      —Eso quiere decir —continuó Marta—, que si te ordeno que te calles, te callas; si te ordeno que hables, hablas; si te ordeno que te metas en el bolsillo de alguien y le saques la plata, tú te metes en el bolsillo de ese alguien y le sacas la plata, ¿estamos de acuerdo?

      —Como usted diga, señora —repuso Sarita.

      Más tarde, Marta pasó a la doncella del frasco de mayonesa a una vieja caja de zapatos. Luego, tapó el cartón, lo metió debajo de la cama y se acostó a dormir. Sarita solo veía tinieblas a su alrededor, de modo que pasó la noche despierta añorando a su madre; sentía que estaba despertando de un sueño lindo y cruel, o más bien, que estaba sumiéndose en una pesadilla atroz. Pero, sobre todo, sentía que se extraviaba en un abismo de soledad del que no saldría jamás.

II

Cuando Marta destapó la caja por segunda vez desde la noche anterior, Sarita al fin conoció su lugar de trabajo. Era la superficie de un escritorio, detrás del cual estaba sentada Marta con un gran cuaderno en una mano y una calculadora en la otra; y el escritorio, a su vez, se encontraba en medio de un pasillo que conectaba un saloncito con unas escaleras que descendían hasta perderse en la oscuridad. Todo (escritorio, paredes, suelo), todo estaba absolutamente mugriento. Desde la salita llegaba el rumor de una música chillona cuyas letras versaban sobre la maldad de las mujeres, mientras varios hombres entraban y salían sin cesar del recinto. Sarita observó que algunos de estos sujetos vestían ropa desteñida, vieja y rota, mientras que otros iban de traje, perfumados y bien peinados. Son clientes, informó Marta en voz baja. Por otro lado, cada dos o tres minutos salía una muchacha distinta del salón y le entregaba unos billetes a la robusta señora, quien los guardaba en una gaveta del escritorio y enseguida apuntaba en el cuaderno. No obstante, lo que más llamó la atención de Sarita fue que todas aquellas chicas, que tendrían más o menos la misma edad que ella, apenas vestían una mínima lencería.

—Esas son mis muchachas —le dijo Marta a Sarita—. Son quienes me ayudan a ganarme el pan. Y, ahora, tú también eres una de ellas. Recuerdas las instrucciones que te di antes de venir, ¿verdad?

—Sí, señora —respondió la doncella, saliendo de la caja de zapatos.

—Bueno, desvístete y empieza a caminar con gracia. Ten cuidado de no caerte.

Entonces Sarita se desvistió, revelando su cuerpo terso, esbelto, virginal, cubierto únicamente por tres pétalos de margaritas en sus partes íntimas. Al instante, un hombre que pasaba se quedó contemplándola.

—Mire, usted puede ver todo lo que quiera, pero tiene que pagar —le dijo Marta enseguida—. Son mil pesos por cinco minutos.

—¡Mil pesos! —se quejó el hombre—. ¡Con eso puedo entrar y salir diez veces de aquí!

—Bueno, pues hágalo —le retó Marta, con ademán de guardar a Sarita en la caja de zapatos.

—¡No, está bien! —exclamó el hombre—. Le pagaré dos mil por quince minutos. ¡Esta criatura es exquisita!

—De acuerdo —convino Marta—, ¡pero lo sacaré de este lugar a tiros si le pone un dedo encima!

Así, Sarita empezó a pasar alrededor de diez horas diarias desfilando sobre el escritorio de Marta para que los hombres la viesen. Para ella, aquél era un trabajo muy duro. ¿Cuánto no llegó a detestar a los clientes? ¿Cuánto no llegó a odiar su indolencia, sus miradas lascivas, su morbo absurdo y bestial? ¿Cuántas veces no quiso descansar durante el día, aunque solo fuese por una hora, y masajearse suavemente las piernas? ¿Cuántas veces no se imaginó jugando o recorriendo el mundo junto con otros seres humanos diminutos como ella? Pero su realidad era implacable, completamente sorda a sus angustias. Por otro lado, Marta se hizo un buen dinero en poco tiempo, de manera que a nadie le sorprendió que, semanas después de haber empezado a trabajar con Sarita, los hombres acudieran al lugar únicamente para mirar a la doncella. Las otras chicas, por su parte, no sintieron la menor envidia hacia Sarita; por el contrario, la compadecían y hasta le agradecían su aparición en el local, pues Marta ahora les pagaba el equivalente diario de veinte clientes, si es que alguna de ellas no llegaba a ser visitada por ningún hombre.

Un día, mientras la doncella desfilaba como de costumbre, un hombre del público se le acercó más de lo acostumbrado y le tocó la cadera con su índice. Sarita se quejó al sentir el tacto brusco del atrevido.

—¡Mira, Camilo, aléjate de aquí! —bramó Marta, empuñando un revólver en el acto y poniéndose de pie—. ¡Degenerado!

—Solo quería comprobar que no es una fantasía —se disculpó Camilo, con las manos en alto—. Tranquila.

—¿Sí? —repuso Marta, apuntándolo con el arma—. ¿Y vienes todas las semanas a ver a mis niñas para comprobar si ellas también son de fantasía? ¡Enfermo, lárgate o te vuelo la cabeza de un tiro! ¡Es más, fuera de aquí todos, vamos! ¡Abusadores, desconsiderados! ¡Fuera!

Mientras los hombres se retiraban protestando por la escalera, Sarita corrió a refugiarse en la caja de zapatos.

—¿Puedes creer que el desgraciado que te tocó es pastor cristiano? —le dijo Marta, después que los hombres se hubieron ido—. ¡Ja! ¡Ahora entiendo por qué no tiene fieles en su supuesta iglesia!

—Explícame algo —dijo Sarita de pronto—: si tú también eres mujer, ¿por qué nos sometes a trabajar así? ¡Cualquiera de nosotras pudiste ser tú!

—¿Quieres saber por qué, Sarita? —replicó Marta, llena de indignación—. ¡Porque no hay nadie ofreciendo trabajo para una mujer vieja y gorda que solo aprendió a leer y escribir! ¡Por eso lo hago! ¡Y no me repliques, porque te meto en una olla de agua hirviendo!

Con este y otros incidentes semejantes fue corriendo el tiempo, y los días se hicieron semanas, y las semanas se hicieron meses. Justo el día en que Sarita cumplía un año bajo la potestad de Marta, todo el país se paralizó a causa de un Golpe de Estado. Un grupúsculo de militares alzados intentaba allanar el palacio de gobierno y forzar la renuncia del presidente de la república. Sin embargo, lo que era una conmoción para mucha gente, fue por el contrario un gran alivio para Sarita y las demás chicas de Marta: ¡al fin tendrían algo de tiempo libre! Además, fue en esa ocasión que la doncella ingresó al salón por primera vez.

El recinto carecía de ventanas. En una pared había cuatro puertecitas de metal oxidado, cerradas en aquél momento. Entre las dos puertas centrales descansaba un equipo de sonido. Y junto a la pared opuesta, en donde estaba el acceso a la sala, había unas quince sillas dispersas y vacías, pues las chicas estaban reunidas de pie en una esquina. Cuando vieron entrar a la minúscula doncella, enseguida la rodearon y empezaron a hablarle amistosamente. Una de ellas le regaló un caramelo y otra le obsequió un muñequito que representaba a un caballero medieval. Después empezaron a charlar sobre diversos temas. ¡Sarita se moría de ganas de pedir ayuda, de escaparse con alguna de aquellas muchachas adonde fuese! Pero, ¿cómo podrían liberarla de su esclavitud? ¿Qué alternativas podían ofrecerle, si ellas mismas eran prisioneras de mirada triste y avergonzada, condenadas a vender su cuerpo a diario por unos cuantos pesos? Además, ¿quién le garantizaba a Sarita que no volverían a venderla, tal y como había hecho Henry tiempo atrás? Mientras se hacía estas y otras interrogantes, la doncella se esforzaba por ocultar su desesperación tras un rostro risueño, exactamente como lo hacía cuando desfilaba ante los hombres que iban a verla a diario, solo que esta vez lo hacía ante mujeres, y completamente gratis.

Durante los meses siguientes Sarita fue engordando, arrugándose, envejeciendo inexplicablemente rápido, al punto de que ningún transeúnte se interesaba por ella ni pagaba un solo centavo por mirarla. Desfilaba sin la gracia de sus primeros días, era notorio que ya no tenía ganas de hacer ni de decir absolutamente nada. De hecho, Marta solía quejarse diciendo que la mujer en miniatura solo era una carga para ella, que Henry la había estafado al venderle una criatura que no vivía tanto como un ser humano convencional. Así pues, al cumplir los dos años con la doncella, eliminó los desfiles de ésta y la puso en venta.

Una tarde, mientras Sarita se encontraba sentada en una jabonera que Marta le había puesto dentro de la caja de zapatos, un anciano se acercó y le sonrió a la doncella como con odio.

—Hola, pequeña señora —saludó—. ¿Está usted en venta?

Sarita lo miró en silencio.

—Dame diez mil pesos y es toda tuya —le atajó Marta.

—Cualquiera sabe que esta cosa no vale nada —replicó el viejo, señalando a Sarita con el dedo—. Más bien, tienes suerte de que quiera comprártela. Te ofrezco tres mil pesos por ella.

—Sí, ese trapo viejo y usado ya no vale nada —coincidió Marta, mirando a Sarita—. Es más, te la regalo. Llévatela de aquí, que me espanta los clientes.

—No me gustan los regalos —protestó el anciano—, así que te la compro por dos mil pesos.

Dejó el dinero sobre el escritorio, cogió a Sarita y entró en el salón. Esta vez, las chicas estaban dispersas por el lugar, bien de pie, bien sentadas en alguna silla, siempre rodeadas de hombres que vociferaban cifras como si se encontraran en medio de una subasta. Por otra parte, todas las puertecitas oxidadas seguían cerradas excepto una que estaba levemente entreabierta. El viejo intentó abrirla por completo, pero enseguida alguien la cerró bruscamente desde el otro lado y le gritó que tenía que esperar. Entonces suspiró y observó cómo el desteñido vestido rojo de la mujer diminuta le cubría las gruesas piernas. Con la mano libre, empezó a acariciarle la cabeza y los hombros.

—Vamos a divertirnos mucho, pequeña —le anunció—. ¿Cómo te llamas?

Sarita no respondió. Ni siquiera alzó la mirada para ver al viejo.

—¡Eh! ¿Cómo te llamas? —repitió el anciano—. ¿Acaso te has muerto? ¡Dios mío, primera vez que veo a una persona en miniatura tan silenciosa!

—¿Alguna vez has visto a otra persona como yo, tan pequeña como yo, viejo tonto? —preguntó Sarita.

—¿Que si he visto a otra persona diminuta como tú? ¡Por supuesto! ¿Quién no?

—¿Hablas en serio? —interrogó Sarita, poniéndose de pie—. ¿Has visto a otra mujer como yo?

—Claro que sí. Hay cientos, miles de mujeres y de hombres como tú —declaró el viejo—. ¿Por qué serías la única?

—¿En dónde los has visto? —inquirió Sarita, con un hilillo de voz.

—Pues en las colonias de personas en miniatura que hay en la ciudad —informó el anciano, exasperándose—. ¡Todo el mundo lo sabe!

—¡No puede ser! —exclamó Sarita—. ¡No puede ser, no puede ser!

Entonces la pequeña mujer recordó la mañana que había encontrado a su madre muerta; recordó a Henry aterrorizándola con una tijera antes de meterla en un frasco de mayonesa; recordó a una espantosa tarántula paseándose por la superficie del mismo frasco; recordó, en fin, todas sus penurias, sus dolores, sus frustraciones. Mientras las evocaciones se agitaban tumultuosamente en su cabeza, Sarita empezó a llorar calladamente (sin embargo, las lágrimas que vertía eran tan chiquititas que el viejo no las notó). Cerró los ojos bruscamente, con las manos formando dos puños amoratados sobre la cabeza y, livianamente, se desplomó.

De inmediato el viejo, al ver exánime a Sarita, bufó y regresó al pasillo a toda prisa.

—¡Mira, Marta, devuélveme mi plata! —vociferó, arrojando a Sarita en la caja de zapatos— ¡Esa criatura está muerta! ¡Quiero mis dos mil pesos, gorda tramposa!

Marta miró fijamente el cadáver de Sarita y, en silencio, devolvió los dos mil pesos al anciano. Mientras este último regresaba al salón, la mujer gorda tapó la caja de zapatos, la envolvió con cuidado en papel periódico, la selló con cinta adhesiva y se la llevó consigo por las escaleras. Al llegar a la planta baja del edificio, salió por la puerta trasera y, una vez en el callejón, echó el paquete en el contenedor de basura más cercano.

FIN

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