EL GRAN ACTO: “La vida en la Tierra”, de Abderrahmane Sissako. Por CELESTE NUÑEZ

La película retrata la vida de un pueblo de Mali en un fragmento simple, vistoso por sus colores y paisajes, vislumbrando además la sencillez de su gente. El director, quién también es parte del elenco, decide volver a su pueblo, para reunirse con su padre y además filmar la vida en Sokolo antes de que termine el milenio, un tiempo que poco importa a los habitantes del lugar.

La mágica Sokolo es capturada en planos secuencias que otorgan un relato verdadero sobre las costumbres y modos de vida de esta pequeña aldea. El relato se enfoca en algunos oficios, como el del fotógrafo con su cámara y el lugar donde los retratadas toman asiento para sujetar ese instante. El del sastre con una clásica máquina de coser, el del peluquero, la oficina de correos y las dificultades que enfrentan distintos aldeanos por comunicarse con el mundo exterior. Situación que otorga un ápice de comedia a la cinta.

Por último, la radio del pueblo -factor determinante en la narración- funciona como vehículo para comprender cual es la situación en la que se encuentran. Por una parte, noticias constantes sobre lo que sucede en Francia y las ganas que tiene el europeo por celebrar el nuevo año, tan ajeno a los ciclos y calendarios de esta parte del mundo. En contraste, la precariedad del único recurso que los conecta con la globalización.

Los problemas inmediatos como la falta de autoridades para solucionar el problema de la cosecha o la constante de lo que significa ser un lugar colonizado y abandonado son ejemplificados.  A pesar de ello, los habitantes no dejan de sonreír, no se quejan, no sucumben. Todo dolor y todo olvido es delatado solo en la carta de un padre de familia que pide ayuda a un hermano que se encuentra en Europa. Por medio de ella se demuestran las necesidades urgentes de lugares como Sokolo.

Una hora y veinticinco segundos son suficientes para cautivarnos con la historia de los aldeanos de este pequeño y hermoso lugar. La sutileza es maravillosamente manejada en planos, fotografías, y la musicalidad hermosamente lograda. Dicho empleo genera una atmosfera que invita a la añoranza, pero no cae en el dramatismo. Los diálogos, por otro lado, no gozan de ninguna pretensión: son conversaciones simples, verdaderas en un universo distante y soleado.

Los colores de ese pedacito de pradera africana, son nostálgicos y reemplazan todas las imágenes que estamos acostumbrados a ver de esta región del planeta que muere de hambre y pasa por las más miserables injusticias. Estas son presentadas en la prosa de la narración en off. Las palabras de Sissako son exactas y delicadas, incluso para referirse al culpable de estas horribles atrocidades, el europeo y sus ansias de conquista y poder.

La escena más significativa de este film es la salida de la bella Nana de Sokolo. Con una maleta a cuestas, emprende el camino en bicicleta por el paisaje amarillo que contrasta con los colores de sus ropas.  La toma en el minuto 57 se queda con Nana alejándose: es el último cuadro. También es nuestra despedida.

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