Ficciones: ¿CARLOS, ESTÁS AQUÍ?. Por Mónica Cena


Irene tenía miedo; sí, aunque no quería reconocerlo. Pero, como su amiga le había hablado tanto de ese hombre, no pudo resistir la tentación de visitarlo. Aquel día, su amiga había venido a pedirle que le recomendara un nuevo jardinero, fue cuando Fabio desapareció del barrio.

Ya la sala de espera, se había arrepentido. ¿Para qué quería hablar con su marido muerto, si con él nunca había sido feliz? Incluso después la separación, él había formado otra pareja. ¿Para qué, entonces, para qué había ido?

Hacía un calor insoportable. Sin embargo, Irene no paraba de temblar. A su lado, una señora gorda sentada con las piernas abiertas se abanicaba con una revista vieja y se secaba el sudor del bozo con un pañuelo de hombre, como si no le importara soportar semejante tortura.

Frente a ella había dos puertas. De una había salido un hombre flaco, desgarbado y muy mal vestido que parecía escapado del Castillo del Terror. Sería el secretario del Hermano Omar, porque se dirigió a la señora acalorada y la hizo pasar. La otra puerta, sin dudas, era la del “consultorio”.

—Después le toca a usted —dijo el hombre dirigiéndose a Irene—. El Hermano Omar hoy está un poco retrasado, pero la va a atender enseguida. Mi nombre es Mauricio. Cualquier cosa que necesite, me llama.

—Gracias —dijo ella, pero estaba decidiendo si se iba o se quedaba.

Al final, se quedó. Total…, con probar no perdía nada.

Para pasar el tiempo, agarró la revista que había dejado la mujer obesa: era muy vieja y le faltaban unas cuantas hojas, imposible leerla.

Ella respiró profundo y para distraerse se puso a recorrer la sala de espera.

La curiosidad la llevó hasta una ventana, descorrió la cortina descolorida, y vio que daba a un patiecito lleno de trastos viejos. De sólo pensar en la cantidad de alimañas que se esconderían allí, se le erizó la piel.

Un golpe fuerte la sobresaltó. Y un lamento que provenía del interior del despacho la hizo volver a su asiento. Al rato, la mujer que había entrado momentos antes salió de la habitación. Tenía los ojos enrojecidos. Aunque, por la forma de despedirse, parecía como agradecida.

—¿Señora… Irene? —le dijo el tal Mauricio, leyendo un papelito medio arrugado—. Le toca a usted. El Hermano Omar la espera. Pase.

Irene imaginaba que encontraría una habitación pequeña, oscura, apenas iluminada a velas, una mesa con una bola blanca en el centro y una lechuza embalsamada a un costado. Y presidiendo la escena, quizás, el Hermano Omar vestido de manera extravagante y adornado con bisutería. Sin embargo, no fue eso lo que encontró. Si bien el lugar era antiguo y descuidado, estaba ambientado igual que un consultorio médico, lleno de cuadritos con certificados, que ella no entendía de qué se trataban.

—¡Irene! —la saludó el hombre como si fueran viejos amigos—. ¡Qué bueno que haya decidido venir! Ahora sus problemas se van a resolver. Siéntese.

El Hermano Omar llevó la charla con fluidez. A pesar de que le inspiraba confianza, Irene se sentía intranquila: sabía que no era bueno molestar a los muertos.

La entrevista continuaba amena, pero ella no veía que se concretara lo que había ido a buscar. Eso la desanimó.

Salió de allí con dos papelitos en la mano: el más chico era la reserva de un nuevo turno con el Hermano Omar. El otro, mucho más largo, una lista de cosas a comprar y las instrucciones de uso de cada una. “Son ejercicios para alcanzar la pureza espiritual”, le había dicho el Hermano Omar. Y le había aclarado que sólo así podría comunicarse con su finado marido.

Menos mal que venden todo eso en el local de al lado del consultorio, pensó. Si no, hubiera tenido que recorrer Buenos Aires entera buscando lo que me pidió.

Ya en la cama, la impresión que había sufrido en la consulta no la dejaba dormir. Lo que le había dicho aquel hombre y la plata que había gastado en esos “remedios” para la limpieza espiritual le daban vueltas en la cabeza.

Pureza espiritual, repetía mentalmente las palabras del Hermano Omar. Su esposo ya es un ser puro —le había dicho—, y para tomar contacto con él, deberá purificarse usted. Sin rencores…, sin egoísmos. Con mucha generosidad y apertura de corazón.

Pero, se dijo ella, vale la pena. ¡Claro que sí!

Suspiro y se quedó dormida.

El día de la cita, encontró que la casa donde atendía el Hermano Omar estaba distinta. El ambiente, en penumbras, se encontraba perfumado con sahumerios en cada rincón. Y de fondo, una música extraña.

Enseguida, desde detrás de una cortina que alguna vez había sido blanca, salió Mauricio. Se le acercó con una alcancía, y le pidió una colaboración para la “Fundación de Alianzas Espirituales del Hermano Omar”.

—Como recordará —le dijo con voz ronca y tan cerca de su cara, que ella respiró su aliento a tabaco—, el Hermano Omar no cobra las consultas. Todo esto se mantiene gracias a la colaboración voluntaria de sus pacientes, lo que es de gran ayuda para que el Hermano pueda seguir estudiando y ayudando a quienes lo necesitan.

Irene había sentido que era una buena obra. Además, sería la oportunidad de poner en práctica el nuevo espíritu generoso que el Hermano Omar le había pedido que formase con sacrificios económicos. Y por eso había cargado desde su casa con semejante bolsa pesada.

Al rato, Omar la recibió en persona.

En el consultorio, unas tenues luces de colores cruzaban la habitación en forma de líneas oblicuas, y una música —aunque muy suave, que venía desde algún rincón— inundaba el ambiente.

—Irene… ¡Qué gusto verla! ¿Trajo todo lo que le pedí? —El Hermano le habló pausadamente.

—¡Ah, sí! Lo tengo aquí —dijo ella, que arrastraba la bolsa de consorcio—. Está todo lo que representaba riquezas y ostentación de lujo. —Agachó la cabeza y siguió—: Ahora mi casa es verdaderamente modesta.

El Hermano le recordó los consejos de “purificación”.

Una sensación extraña le revolvió a ella el estómago. Y de no ser por su deseo de tomar contacto con exesposo, se habría ido.

—¡Mauricio! —llamó después el Hermano a su ayudante—. Coloque esas cosas en la caja azul para que sean purificadas por el fuego. Por favor, tenga mucho cuidado de no tocarlas para no contaminarse. Ahora, amiga mía —le dijo a Irene, apoyándole su mano en la espalda—, vayamos a su nueva vida.

La sesión iba muy agradable, hasta que, inesperadamente, el Hermano Omar se detuvo y encendió todas las luces.

—¿Qué ocurre, Hermano?

—Amiga mía, seguiremos mañana… No se ponga mal. —Y agregó con tono de reproche—. Siento que todavía no se ha desprendido de todo lo que le representa riqueza o poder. —Se levantó de la silla y, tomándole las manos, la condujo hasta la puerta—. Vaya a casa, revise bien cada rincón y traiga todo signo de vanidad que encuentre, para que sea purificado por el fuego.

Irene trató de convencerlo de que ya no le quedaba nada, excepto algunos recuerdos sin valor, pero Omar no le permitió que pronunciara una palabra más. Y, cerrando la puerta como si ella tuviera lepra, la dejó afuera.

Aunque desilusionada, fue obediente al máximo. Al día siguiente, volvió con una bolsita con más efectos personales.

—Bien —dijo el Hermano Omar tomándole las manos por encima de la mesa—. Hoy siento que será el gran día… Concéntrese, hermana mía, pero recuerde que, ante cualquier signo de riqueza o vanidad, el espíritu se irá.

—¡Sí, sí, Hermano! —respondió sumisa, y con entusiasmo.

Al comienzo de la sesión, Irene sintió miedo: las manos de Omar estaban húmedas y frías, la cara se le desfiguraba en gestos imposibles y contracciones musculares, y la voz… La voz ya no era la misma, era como si viniera de… ¿Del más allá?

—Carlos —invocó el Hermano—, si estás aquí, da una señal.

El silencio colmó la sala.

—Carlos —insistió Omar con tono de angustia—. Carlos, si estás aquí, ¡da una señal!

El silencio volvió a ser la respuesta.

—¡No puedo! —dijo molesto el Hermano, mirando a Irene a los ojos—. Hay ostentación en usted.

Ahí mismo, Irene se dio cuenta. No puede ser, pensó, ¿cómo pude olvidarlo? Y Sin abrir la boca, se sacó los aros de oro y los dejó encima la mesa. Segundos después, el Hermano volvió a insistir.

—Carlos…, si estás aquí, da una señal. —Esperó—. ¡Es inútil! —dijo soltándole bruscamente las manos.

Irene comprendió, y se quitó la alianza. La apoyó al lado de los aros.

—Intente de nuevo, Hermano —imploró—. Ahora seguro que podrá, ya no tengo nada más de valor que lo ahuyente.

—Carlos… Tu mujer está aquí despojada de toda vanidad —Y elevando el tono de voz—: Da una señal para saber que también estás aquí.

Desde el techo, les llegó el ruido de un golpe violento. La ventana comenzó a abrirse y a cerrarse, cada vez con más fuerza.

Aterrada, Irene preguntó:

—¿Carlos? ¿Carlos? ¿Sos vos? Necesito saber…

—Sea más clara con la pregunta, hermana —le dijo Omar—. Si no, no le va a contestar.

—Me da vergüenza, es muy íntimo…

—No sea tímida conmigo, hermana, algo debe decirle.

—No me pida eso, Hermano Omar, no puedo…

—No se preocupe, seguro que igual la entiende.

Una vez más Omar empezó a temblar y a hacer ruidos extraños con la garganta. De pronto una voz que no era suya dijo “Vuelve” “Vuelve, Irene, vuelve”.

—¡Ah, Carlos! —dijo Irene en un hilo de voz.

—Basta por hoy —dijo Omar poniéndose de pie—. Ya lo oyó a Carlos. Deberá volver otro día… estoy agotado.

Irene no se desanimó. Al menos había escuchado la voz de su esposo después de tantos años; otro día seguramente le daría la respuesta. Pero…, ¿cuándo?

Al salir, Mauricio, el secretario, no estaba para darle otra cita.

Ya en la calle, decidió volver para pedirle turno al Hermano Omar directamente. A lo mejor él podría reservarle un horario.

Llegó a la sala de espera y escuchó que Omar discutía ¿solo? A lo mejor hablaba por teléfono.

—¡Vos sos boludo, flaco! —gritaba Omar desde de la habitación, furioso—. ¿Qué te pasa? ¡Cuántas veces te tengo que explicar lo que tenés que hacer, gil! ¡Vas a romper otra vez la membrana!

¿Qué membrana?, se dijo Irene. Debe haber alguien arreglando el techo.

—Disculpe, Hermano Omar, me emocioné —dijo una voz.

Y ahí, en esa voz, Irene reconoció a Mauricio: era él quien contestaba desde el techo.

—¿No podías haber golpeado el techo con otra cosa, loco? —insistía Omar desde la habitación—. ¡No, viejo! ¡A vos te falta a cerebro, sos un tarado! La otra vez, por culpa tuya, tuvimos que usar la plata de la pulsera de la gorda para arreglar las ventanas. ¡Así el negocio no anda, viejo…! Si no hacés las cosas como yo te digo, te rajo. Y vas a volver a revolver los tachos de basura.

Aturdida y angustiada, Irene volvió a su casa caminando rápido, escapando del bochorno que había vivido.

Cuando entró, comprendió que el vacío que allí encontraba no era más que la representación del vacío que sentía en su interior.

Se paró frente al espejo del living, ese espejo antiguo de cuerpo completo que usaba para darle más profundidad a sus pensamientos. Encendió una luz que le daba de frente: quería mirar en detalle la cara de tonta que había visto el Hermano Omar. Sin embargo, lo que vio fue el sillón hamaca que se movía rítmicamente del otro lado de la habitación.

—¿Carlos? —preguntó con cierto temor, sintiéndose ridícula—. ¿Carlos estás acá?

La luz que estaba sobre el espejo ahora parpadeando.

—Carlos, yo sé que no es bueno molestar a los muertos, pero…

— …la pregunta —la interrumpió una voz.

¿Qué? ¿Qué pregunta? ¡Entonces, es Carlos! Y sabe que le quiero hacer una pregunta.

Irene se dio vuelta y quedó mirando el sillón hamaca como si su finado marido estuviera sentado allí. Las piernas se le aflojaron, y la garganta se le iba cerrando, tanto que necesitaba carraspear para pronunciar las palabras.

—Carlos: ¿Qué pasó con Fabio, mi…

— …tu amante.

Carlos sabía, pensó ella. Carlos sabía de mi relación con Fabio.

Irene sintió el corazón en la garganta. No podía respirar. Había sido un romance secreto y fugaz el que había tenido con su jardinero —fugaz, pero muy apasionado—, mientras todavía era esposa de Carlos. Pensar que su entonces marido se había enterado la aterraba.

—Carlos ¿qué pasó con Fabio? —insistió con más fuerza—. ¿Por qué desapareció? En el barrio dicen que vos tuviste algo que ver con eso ¿Es cierto? ¿Dónde está?

La luz del espejo se apagó y la dejó en un cono de sombra. Irene quedó congelada.

—¿Sabés? —esa voz le susurró ahora al oído—. Caminás sobre su tumba todos los días.

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