CLÁSICO…: “After Hours” (1985), de Martin Scorsese. Por HÉCTOR SANTIAGO

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¿Puede una persona en una noche convertirse en un extraño en su propia ciudad? ¿Es posible que una visita ocasional a un barrio hasta ese momento desconocido pueda convertirse en una travesía por los infiernos?

Eso y mucho más le ocurre a Paul Hacket cuando decide trasladarse al Soho para encontrarse con una muchacha que acaba de conocer. En apenas una noche el protagonista enfrentará un conjunto de peripecias que lo pondrán al borde de la cárcel o la muerte. Pierde el dinero que llevaba, se suicida la joven a la que había ido a visitar, tiene un encuentro con ladrones, conoce mujeres -una de ellas intenta seducirlo-, que al principio parecen querer ayudarlo pero poco después encabezan grupos de personas que lo buscan aprender.

En unos pocos minutos, los mismos que se requieren desde cualquier lugar de Manhattan para llegar al Soho, este empleado de una compañía informática algo insatisfecho con su vida inicia un periplo nocturno que lo lleva a un mundo desconocido que, en apariencia, comparte los mismos alcances y límites de la ciudad que él mismo habita. El Soho y las conductas de sus habitantes resultan desde un principio y en todo momento extrañas y amenazantes a su comprensión. Desesperado por los acontecimientos que lo involucran y en medio de una lluvia torrencial intenta regresar a su casa y se encuentra con todo tipo de sucesos que impiden su vuelta: un boletero de subte inflexible que no le da el paso al andén porque Paul no tiene el dinero suficiente, la policía que no atiende sus denuncias y pedidos de ayuda, los empleados de un Café que en primera instancia se solidarizan con él poco después se suman al espontáneo ejército de voluntarios que intentan apresarlo.

Al encontrar muerta a Marcy decide avisar a la policía. Y poco después abandona el departamento no sin antes colgar, con la eficiencia de un ciudadano responsable, carteles indicadores para ubicar el cadáver. Busca deslindarse de toda responsabilidad en la muerte de la joven pero sus esfuerzos se frustran por sucesos increíbles como la exigencia que impone un club nocturno de cortarse el cabello de un modo determinado para poder ingresar o la llegada al club de la horda barrial que lo persigue y que para eludirlos lo obliga a convertirse en una escultura de papel maché, lo que a la postre servirá para volver a sus dominios y en particular a las puertas de su empresa.

After Hours puede resultar desopilante y por lo mismo inverosímil pero en realidad es mucho más que eso. Se trata de una película con un guión sin altibajos, una música que también protagoniza el suspenso y el ritmo de los acontecimientos. Con tomas cortas, primeros planos que dan testimonio de la sorpresa, el miedo y el rechazo o secuencias de las calles y edificios del Soho que acentúan el abandono y el desamparo del personaje. Actuaciones muy logradas, especialmente la de Griffin Dunne en el papel de Paul. De difícil ubicación en un único género podría identificarse como una comedia dramática con abundantes pasajes de suspenso.

Paul Hacket y el Soho, con sus calles descuidas y sucias, sus extrañisimos habitantes y sus peculiares modos de vida, constituyen dos polos culturales que habitan la misma ciudad. El ingenuo empleado informático, representante de una clase media media que vive bajo patrones culturales poco flexibles y de poco alcance se aventura a ir más allá de su geografía habitual y de pronto se encuentra con otro mundo en su mundo. La vida del Soho poco o nada tiene que ver con la suya, con sus categorías morales y los principios que rigen su vida. Allí los ladrones desprecian los objetos antiguos que roban y consumen obras como el pisapapeles fruto del arte del momento. En ese extraño sector de la ciudad, los hombres y mujeres viven la sexualidad y el erotismo de manera sorprendente, un aparente robo resulta ser una expresión de sadomasoquismo, una de las paredes del Café exhibe un cuadro donde un pez devora el pene de un hombre.

Por la ventana se observa a una mujer casi desnuda asesinando a un hombre que parece ser su pareja. Las mujeres resultan protagonistas y sus conductas no se ajustan al tipo tradicional de lo femenino. La empleada del café que intenta seducirlo rodea su cama con trampas para ratas. Una alucinada vendedora de helados le ofrece vendarle una herida y con cierto autoritarismo desecha los intentos de Paul por prescindir del auxilio. Las relaciones interpersonales no se realizan bajo los códigos a los que está habituado. Contra lo que Paul espera el portero del club se niega a cualquier intento de soborno y somete el ingreso a los requisitos establecidos. 

En ese mundo distinto, ni peor ni mejor que el suyo, poco acogedor, Paul se extravía. Sus esquemas culturales no funcionan para operar allí donde rigen otros. Lo que es peor aun, los patrones con los que él se conduce resultan contraproducentes en ese ámbito. 

Solo podrá recuperarse y recuperar de algún modo su identidad cuando un despropósito lo deje frente a las gigantescas puertas de su empresa y ya en la oficina, al prender su computadora, ésta lo lo salude por su nombre. ¿Pero, ese Paul al que la máquina reconoce es el mismo que el día anterior estuviera en su puesto de trabajo?

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