FICCIONES: “MIRADAS DE UNA NOCHE”. Por Mónica C. Cena

PLANTA BAJA

Las luces de la calle apenas iluminan el cuarto. No es la hora, la mañana no llega todavía. No hay por qué preocuparse…, aún.

En la cama, sólo duerme uno sin notar la ausencia del otro.

Voces de muchachos alegres llegan de la calle y se van disipando junto con el latir implacable del reloj. Él, seguro de que los hombres deben hacer cosas de hombres, sueña con banalidades.

Ella, en silencio, mira por la ventana. Pasos y ruidos junto a la puerta la vuelven a la realidad. Sonidos conocidos —esos que adora— le devuelven el aliento.

Por fin está en casa, piensa.

Vuelve corriendo a la cama, se acuesta lentamente, que nadie se dé cuenta.

—¡Ma! Ya llegué… —escucha un susurro del otro lado de la puerta—. ¿Dormís?

— Sí… —grita simulando pereza.

—Dale, dormite que mañana se trabaja… —agrega el hijo a media voz entreabriendo la puerta del dormitorio—. ¡Hasta mañana, preciosa!

—Hasta mañana… —responde deslizándose suavemente entre las sábanas. No quiere despertar a su esposo para que no comience con el discurso de siempre.

Su cuerpo comienza a relajarse, y el sueño contenido se apodera de ella. Cierra los ojos, a la vez que se apaga la luz de la habitación de su hijo. Su hijo ya está en casa, por esta noche puede volver a dormir.

1° PISO

En medio de la oscuridad, sólo se escucha el crujir del viejo ventilador. Las cortinas de voile se hinchan acompasadamente dejando pasar un poco de aire. Huele a tierra húmeda, seguro está lloviendo cerca. Pasó otro día, y ella no lo ha notado. Desde la calle llega la luz intermitente un cartel que se refleja en sus ojos como queriendo hipnotizarla, pero ni así puede conciliar el sueño.

Aunque parezca dormir, él tampoco duerme: piensa en la joven que conoció esa tarde y en una estrategia para encontrarla nuevamente sin despertar sospechas.

Ella recuerda, una vez más, aquella despedida en el aeropuerto: el último beso, una promesa que no se cumpliría, la juventud.

Él acaricia la almohada imaginando la piel desconocida. Ella imagina su vida si no se hubiera cansado de esperar.

Ambos saben que su historia juntos ha terminado.

2° PISO

El cuarto de la vieja pensión retiene la humedad de Buenos Aires. En la calle, los árboles inmóviles anuncian algo sobrecogedor. Se avecina una tormenta.

Él no puede concentrarse en la lectura, no deja de mirarla a ella.

Ella, frente al espejo como todas las noches, se peina el cabello recién lavado. Está segura de que esta vez es diferente.

De pronto él ve cómo ella se detiene en su quehacer con la mirada fija, el semblante descolorido. De un salto, tira el libro en un rincón. Y se acerca a ella en silencio para tomarla de las manos. Ella abre grandes los ojos y lo mira fijo. Sin palabras, ¿para qué?, si ambos saben que el momento ha llegado.

Afuera, las gotas comienzan a pegar contra el vidrio como queriendo ver qué pasa. Adentro, él busca sin saber, encuentra sin buscar, tropieza con lo que ve y no ve lo que busca: su corazón lo atormenta, no lo deja pensar. Ella, ríe y llora y se seca el sudor de la frente regulando la respiración como le han enseñado.

—Vamos —dice él a medio vestir.

—Hay tiempo —dice ella—, vayamos despacio.

Y salen hacia el hospital con el bolso que fueron preparando durante nueve meses.

3º PISO

No estaba arrepentido, pero la soledad que sentía era insoportable. Hasta el reloj de la mesita se había ensañado contra él mostrándole cómo pasaba el tiempo inútilmente: ella se había ido dando un portazo. Daba vueltas en la cama sin encontrar el un lado cómodo y, a pesar de que tenía todo el espacio para él, las sábanas lo ahogaban.

Se levantó, fue hasta la cocina y bebió un vaso de agua bien fría. Había comenzado a llover. Desesperado, abrió la ventana para recibir un poco de aire húmedo y refrescar su alma. Lo único que consiguió fue aumentar su tormento.

Desde el piso de arriba llegaban unos sonidos rítmicos de amor que insistían con transportarlo a otros tiempos. Tembló de deseo por tenerla otra vez entre sus brazos.

Por más que lo intente, pensó, no puedo volver el tiempo atrás.

Poco a poco, esa sinfonía de placer lo fue envolviendo hasta tocarle el alma. Los recuerdos se enmarañaban en imágenes surrealistas mezclando las risas con el llanto, las caricias con las palabras, los gestos con los silencios: sí, habían sido felices.

Pero ese día… ¿qué había pasado ese día? ¿Quién había tenido la culpa?

Recordar sólo sirve para aumentar la angustia, se dijo, cuando no hay lugar para el perdón, ¿o sí? Sería cuestión de llamarla y conversar.

Los amantes nocturnos, con su rutina impertinente, se metían hasta el rincón más escondido de la habitación del hombre que agonizaba en soledad. Ese hombre que lo había tenido todo, y por esas cosas… lo había perdido.

—Basta —pensó en voz alta.

El deseo de tenerla era más grande que su enojo. Ya ni sabía por qué habían discutido.

Las voces de la pasión que venían del cuarto piso iban in crescendo anunciando el inminente clímax; mientras él, en el tercero, deseaba no haber discutido.

Caminó por la habitación como un león enjaulado, en penumbras, para pensar mejor. En un impulso tomó el teléfono, pero no llamó. Tuvo miedo: tal vez ella no quisiera escucharlo.

El silencio llegó por fin.

Sólo se escuchaba la lluvia que pegaba contra el balcón y su propio corazón que latía enfurecido. Al otro lado de la calle, cada luz señalaba un mundo distinto, quizás feliz, indiferente al tormento que él estaba viviendo. ¿Y ella? ¿Qué estaría haciendo ella?

Casi sin pensarlo marcó ese número que sabía de memoria y retuvo el aliento en una espera interminable.

—Hola… —contestó ella del otro lado—. ¿Cómo estás?

—¿Qué hacías? —dijo él tratando de disimular su turbación.

—Estaba esperando tu llamado.

4° PISO

El humo del cigarrillo se confundía con el reflejo de la tormenta que se alejaba. Más allá, las lucecitas de la ciudad parecían estrellas caídas del cielo ahora encapotado. Él miraba por la ventana, mientras ella apagaba el fuego carnal en la ducha. No había sido una buena idea: nada volvería a ser como antes.

Ella se vestía en silencio, ¿para qué hablar cuando todo estaba dicho? Fue un error, se repetía.

Él apagó la colilla contra el marco de la ventana, y exhaló lentamente la última bocanada de humo sin dejar de mirar el horizonte.

—Me voy —dijo ella

—Disculpame —dijo él dándose vuelta.

—No digas nada. Los dos sabíamos que esto podía pasar.

Los ojos masculinos tenían cierta tristeza. Él no creía en la amistad entre el hombre y la mujer, y se lo había anticipado. Entonces, ¿por qué sentía que la había traicionado?

—Perdoname —insistió—, no debimos mezclar las cosas. Igual podemos seguir siendo amigos… ¿no?

Una mueca simulando una sonrisa fue lo último que vio de ella antes de que cerrara la puerta.

5° PISO

Ella estaba tratando de cambiar su vida, necesitaba un poco de alegría, un poco de paz; no pedía más. Sabía que para lograrlo era necesario derribar enemigos. ¿Pero cómo se hace cuando el enemigo está adentro?, pensó.

Hundida en el silencio y en una rara cobardía, se paró frente al espejo para verse de cuerpo entero. Al principio, su propia mirada le pareció obscena. Sin embargo, sabía que era por su bien. Se obligó, entonces, a continuar al pie de la letra las recomendaciones de su terapeuta: debía asumir su imagen corporal.

Lento, fue desabrochándose los botones del vestido. Temblaba como si estuviera cometiendo un crimen, como si no mereciera la caricia de la seda deslizándose por su piel. Sus propios ojos, mirándola, la incomodaron. Respiró profundo, y aceptó recorrer con sus dedos el borde de su silueta.

Aunque un inoportuno escalofrío la tentó a cubrirse, resistió.

Su curiosidad la estimuló a seguir adelante. Con pudor se quitó el sostén, y descubrió que el tiempo aún no había dejado sus huellas. Su corazón latía con desenfreno, como si hubiera alcanzando algo largamente deseado.

Una brisa fresca, que entró por la ventana entreabierta, la hizo estremecer entera. A un paso de lograr lo que se había propuesto, casi desiste.

Debo terminar con esto, pensó. Y con movimientos temerosos se quitó el resto de la ropa interior.

Tanta desnudez, demasiada desnudez, la turbaba.

Tímida, con una mano, se quitó la cinta que le sujetaba el cabello y lo dejó caer sobre los hombros. Se sintió más cubierta.

Lentamente, recorrió con su mirada cada parte de su cuerpo. Con indulgencia, primero; complacida, después.

Esa que veía en el espejo era un ser desconocido, pero era ella misma. Siempre se había ocultado detrás las ropas; ahora veía que lo que escondía era una bella mujer.

Ella, desnuda, admiraba su descubrimiento y aceptaba al espejo como amigo.

Él la observaba desde la ventana del edificio de enfrente.

6° PISO

Sin darse cuenta, ella había pasado toda la noche junto a la ventana. Abajo, sólo algunos charcos en las azoteas. Del lado del río, el sol comenzaba a asomarse por entre las nubes que resistían el viento del Oeste.

Qué distintas se ven las cosas con la luz del día, se dijo.

La tormenta se había ido, y sus lágrimas se habían secado. No tenía sentido seguir llorando por él. No volvería.

La promesa del nuevo día iba cambiando el color de su historia, y con las manos apoyadas en el vidrio, se dejó acariciar por el sol los ojos hinchados.

Todo sería distinto sin él: las mañanas, las noches, los paseos, los encuentros con amigos…, las peleas.

Decididamente, como último acto que compasaría su amor frustrado, salió al balcón con la foto que tenía de él. La foto donde se lo veía sonriente. La partió varias veces y la dejó caer al vacío.

—¡Que te vaya bien! —dijo sonriente.

Al verla foto desparramada en la veredera, se dio cuenta de que aún tenía el corazón hecho triza. Y bajó corriendo a juntar lo pedazos. En la vereda, vio que el viento del Oeste ya había cumplido su misión: los había separado para siempre.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s