CLÁSICO…: “MAMMA ROMA”, de Pier Paolo Passolini. Por HÉCTOR SANTIAGO

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¿Quién es Mamma Roma? ¿Cuál es la mujer que ostenta tal nombre? ¿A qué hace alusión esa poderosa y entrañable conjunción de apelativos que oficia de título? A muchas mujeres y a ninguna en particular. Mamma Roma es la historia de una parte de ellas, más precisamente de las madres sin pareja, protagonistas de una época y una cultura, integrantes de un sector social y quizás de aquellas que habitan un lugar determinado. Caminemos entonces por el sendero que nos lleve a la crónica de ser madre, soltera y con un pasado de prostituta, en esa Roma de los sesenta.

De innegable cepa neorealista, la película transcurre en la geografía de una Roma muy acotada. Se trata de los barrios populares, y especialmente de los nuevos monoblocs construidos en terrenos rústicos de la periferia de Roma, aquellos que reúnen muchas familias en unidades habitacionales de varios niveles. Como en otras obras de esta corriente, se trata de una historia contada en los escenarios naturales que habitan los protagonistas y donde trascurren sus vidas. 

Ettore, el hijo que Mamma Roma recupera en vísperas de estrenar su nuevo hogar en un barrio “decente”, es un adolescente que pronto se vincula con muchachos de su edad que ni trabajan ni estudian y gustan mucho de apropiarse de lo ajeno. De obtener dinero con la venta de objetos de la casa de su madre a robar a extraños hay un camino recto que Ettore transita apañado por la sobreprotección de su madre. Con una pesada carga de culpas -su pasado de prostituta y el alejamiento de su hijo en los primeros años-, la protagonista compensa sus “errores” pasados con regalos, dinero y excesos de mimos que, contrariamente a sus propósitos originales, estimulan en el hijo una vida de vagancia, de pereza y modos fáciles de gratificarse.

La reaparición del que fuera el proxeneta con su constante amenaza de ventilar el pasado y la exigencia de que le entregue dinero a costa de volver a la prostitución, reafirma la conducta de excesiva permisividad y por momentos complicidad que Mamma Roma destina a su hijo. El temor que le genera la posibilidad de que Ettore conozca de sus años de prostituta la hace ceder, una y otra vez, a las exigencias del padrote y al mismo tiempo, a reforzar la desmedida complacencia que brinda al único ser que da sentido a su vida: el hijo.

Mientras vocea las bondades de sus frutas en el mercadito de su barrio, Mamma Roma se entera de la muerte de su hijo en la cárcel y con ello de que su propia vida a dejado de tener sentido. Un final trágico que se anuncia desde los primeros momentos de la historia.

Calles de barrios periféricos que circundan edificios, terrenos ásperos, mercado de objetos usados que pueden o no ser robados, oscuras arterias donde se ofrecen las prostitutas y mercados barriales de alimentos, constituyen el espacio de la historia. La protagonizan vendedores de mercadillos, prostitutas, un cura, proxenetas, algún próspero comerciante, adolescentes sin rumbo, seres anónimos que pueblan un suburbio de Roma.

Los anhelos de mejora económica y la esperanza de una vida decente que se aleje definitivamente de las malas tentaciones, los riesgos y amenazas que dominan el territorio de la miseria y fueron parte de su propio pasado, motivan las acciones de Mamma Roma y conducen el guión de la segunda película de Pasolini. La elección del blanco y negro, los planos abiertos y travellings hacen que el recorrido de la cámara por las calles, terrenos baldíos, ruinas de un pasado abandonado o caminatas sin rumbo fijo, intensifiquen las sensaciones de desolación, abandono y desorientación. Claros oscuros que hacen más sombríos los momentos claves del drama y en otros aportan sombras, tanto de cosas como de hombres, que complejizan y hacen más sugerentes las escenas.  

Como sucede en casi con todo el neorealismo también aquí está presente la iglesia: el banquete a la manera de la última cena en ocasión de la boda de Carmine, el cura que sugiere un cambio en la actitud de la madre con el hijo, la misa y por último, la muerte de Ettore que recuerda la crucificción de Cristo. 

Como si fuera un juglar, Mamma Roma deambula por las calles de la prostitución con la compañía de diferentes interlocutores a los que relata la historia de su vida y la razones que la llevaron a transitarla de tal modo. Una especie de examen de consciencia público dominado por la desesperanza que en el film funciona como un recurso para evitar los habituales flashback que completan la información del espectador.   

Por momentos Pasolini parece desaprovechar la eficacia de su lenguaje visual. Por caso, la madre anuncia con palabras el regalo de la motocicleta y explica al hijo las razones del obsequio, cuando la imagen de la entrega, sin la ayuda del lenguaje verbal, tenía por sí misma una enorme fuerza y gran belleza.

Algo similar sucede con la repetida enunciación de su bondad y de los planes que tiene para Ettore. Esa excesiva verbalización y abundancia de explicaciones se tornan reiteraciones de lo que el lenguaje visual ya nos ha mostrado.

En esa misma línea, el relato que Mamma Rosa hace a los otros habitantes de la noche, de antecedentes y avatares de su vida, se superpone a lo que nos sugiere e invita a imaginar con los sucesos del presente que hasta ahí nos venía ofreciendo la película.

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