CRÓNICAS DE UN MELÓMANO: La disquería. Por CARLOS AVALLE

Imaginaba ese gran ente silencioso e imparable, el tiempo, que como una enorme esponja absorbe a veces para siempre algunas cosas y otras tantas las expulsa matamorfoseándolas.  Porqué digo esto?. Porque  mientras buscaba una historia para esta columna del melómano, pensaba en la cantidad de oficios y otro tipo de cuestiones que la nueva era, a partir de la incorporación de internet a nuestras vidas, quedaron de lado absorbidas por esa imagen de enorme porífero que te contaba al principio de estas líneas. Voy al grano.

Hablo de esos locales comerciales que se llamaron disquerías (algunas muy pocas sobreviven en nuestra ciudad  como íconos de otro tiempo). La cuestión es que las personas que han trabajado en la industria de la música, digamos entre los años 60 y principios del siglo XXI, por lo general comenzaban su carrera dentro de ese tipo de comercios; comercios que también durante su existencia se fueron aggiornando según los vaivenes del mercado comercial.

Hubo disquerías especializadas, disquerías en el centro de la ciudad con tendencia a satisfacer la demanda del turismo, locales disqueros dentro de las galerías en las principales avenidas, disquerías de barrio que según el perfil de su público trabajaban con cierto tipo de discos, y algunas otras sumamente direccionadas por  tipo de música y músicos. Digo vinilos, que en realidad en ese lapso de época del que estoy hablando, fueron discos de pasta, vinilos, magazines, casetes, discos laser, compact disc, etc.

La historia que recuperé de mi memoria es, en cierta medida, graciosa y no exenta de picardía.

Para ubicarlos. Hablo de una disquería en donde comencé a laburar al mostrador vendiendo discos allá en los albores de la década del ´70. Ubiquémosla en el barrio de Belgrano.

Este local, había sido inaugurado en la década del ´60, quizás una de las primeras disquerías importantes de la capital. Hago hincapié en esta década porque una de las características habituales dentro de estos negocios eran las llamadas cabinas para escuchar música (muy similares a las viejas cabinas telefónicas del Reino Unido). La cantidad de estos pequeños habitáculos dependía del tamaño de cada local. En el caso que les estoy relatando habría más o menos seis cabinas que no superaban el metro tanto de frente como de profundidad. Dicho esto, ya habrán notado el poco espacio que cada persona tenía para escuchar su disco.

Sigo adelante, recordándoles que todavía en esos tiempos convivíamos con aparatos para escuchar música de tipo analógicos. Digamos pre-digitales.

La cuestión era esta: el potencial cliente se arrimaba al mostrador y solicitaba un disco determinado, ya sea porque lo había escuchado en algún lugar (generalmente era en la radio), o porque había visto algo en la vidriera que le llamó la atención, o por alguna recomendación, etc.

Por un lado esta persona, si no dudaba, llevaba directamente el disco, de lo contrario había dos posibilidades:  o escuchaba con sonido al aire dentro del local, o pedía escucharlo en la cabina (de madera y vidrio). Hasta acá todo bien.

La pequeña cabina tenía una bandeja giradiscos con una púa generalmente destruida por el mal uso, un par de parlantitos a la altura del techo y un diminuto ventilador para amortiguar la falta de aire y una luz que se encendía al cerrar la puerta. Les cuento que ese lugar era bastante hermético para evitar que el sonido no fugara de ese espacio.

Normalmente una persona se encerraba ahí dentro con dos o tres discos (singles) para escuchar,  o a veces, algún vinilo de los llamados Long Play. Esto no duraba más de algunos minutos ya que, por un lado, los vendedores  pedíamos desocupar rápido la cabina dado que siempre había gente esperando su turno para escuchar y, por otro lado, en ese cubículo el aire comenzaba a escasear al poco tiempo de cerrar la puerta.

A veces ciertas personas hacían caso omiso a los pedidos de rápida desocupación del espacio. Algún vendedor les hacía señas tras el vidrio de la puerta para que apuraran su escucha. La cuestión es que había clientes que resistían estoicamente la falta de aire. Abrían un poquito la puerta para que ingresara algo de oxígeno y el vendedor los invitaba gentilmente a cerrarla de inmediato. La cosa es que resistían como seres anfibios de una manera sorprendente. Pero los vendedores siempre teníamos un plan B. Un sistema infalible para lograr el desalojo inmediato.

El pequeño ventilador, ese que les conté que estaba adherido a una de las paredes del espacio,  tenía un interruptor de corriente debajo del mostrador de atención a los clientes. La cosa es que llegada esta circunstancia, y de forma muy disimulada, se cortaba  el suministro de energía eléctrica que alimentaba al aparato.

De más está contarles cuanto tiempo demoraba esa persona en salir eyectada de ese pequeño recinto.

La enorme esponja del tiempo se llevó casi todos estos comercios. Los devuelve de vez en cuando en historias como esta.

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