FICCIONES: “MILO”. Por Gisele Góngora.

Accedí por la rampa, resbalosa -aún faltaba ponerle el antideslizante-, tomé el celular y llamé a Horacio. Le pedí de manera algo arrogante que se encargue de aquello. Como habituaba  hacer, me respondió que se encargaría de inmediato, que me quede tranquilo, que estamos bien, bla bla bla. Respiré largo y profundo, me recordó a las clases de yoga que había suspendido hacia como dos meses por falta de tiempo.

Le levanté la voz y le dije: Sos un incompetente,  resolveme esto ¡yá!

Se hizo un breve silencio y Horacio me preguntó si me encontraba bien. Se sorprendió, nunca le había levantado la voz de tal manera. No le dije más nada y me fuí a casa.

Al otro día llegué a la obra bien temprano, quería asegurarme que llegaron todos a horario, el tiempo corría y se me estaban acortando los plazos. Faltaba una semana para la fecha de entrega y debía ultimar algunos detalles. Era un proyecto de millones, el más grande y dificultoso que haya tenido. Se trataba de un Museo de arte moderno, arquitectónicamente sofisticado, repleto de obras de vanguardia.

 Lo más extravagante, era un vidrio interior de cinco metros de alto y siete de ancho que se encontraba en el centro del edificio, nos llevó mucho tiempo y esfuerzo colocarlo. Detrás del mismo podía observarse la obra más emblemática del arte moderno y también la más importante del Museo. Una mezcla de arte abstracto con surrealismo, que vislumbraba  el rostro de una mujer, cuyo creador, Milo Góngora, la había bautizado con el nombre “La tristeza en los ojos de una anciana”.

Era la más conmovedora e inspiradora obra de Milo, a decir de un pequeño grupo de artistas ante los cuales fue presentada por primera vez.

Llegó el día de la inauguración. Hacía como tres días que prácticamente no dormía. Esperábamos gente del ambiente artístico, al Intendente de la ciudad, periodistas y público en general.

La mañana estaba fresca y soleada. De repente el cielo se puso algo nuboso, cada vez más nuboso, se había levantado un fuerte viento y comenzó a llover. La lluvia caía con fuerza. Los relámpagos eran intensos. Empezó a granizar. Las piedras de hielo se disparaban en diversas direcciones. La tormenta no era parte de lo esperado, ni siquiera por el servicio meteorológico.  Se escuchó un fuertísimo estruendo y me asusté. No por el ruido en sí, sino por las dudas que me generó ese ruido.

 ¡No puede ser!, grité.

Salí corriendo desesperado, en mi cabeza sólo corrían súplicas a todos los dioses cuya existencia conocía aunque desconociera su religión. Llegué al lugar, me tomé  la cabeza, largué un suspiro de esos desalentadores. Se disipó la duda del ruido, el estruendo fue el estallido de aquel vidrio, EL vidrio, carta de presentación de la obra de Milo.

¡La obra de Milo! , volví a gritar, pero esta vez más hacia adentro que hacia afuera. Tragué mi grito y algo de aire. Cerré los ojos y respiré hondo, recordé la clase de yoga. Pero no estaba en la clase de yoga, estaba en el Museo de arte moderno más importante de la Ciudad, a media hora de la inauguración, y con la obra más emblemática del género repleta de pedazos de vidrios, todos incrustados en el triste rostro de la mujer. Removí  uno de los pedazos y noté que al intentarlo se agrietaba el lienzo, resultaba imposible hacerlo sin dañar la pintura. Me enojé conmigo, recordaba la seguidilla de descuidos previos a colocar el inmenso vidrio, me sentí abatido.

Llegó la hora de la inauguración y yo no sabía cómo explicarle al Coordinador, lo ocurrido. Estaba frito, sabía que ese sería mi último gran proyecto, o mejor dicho mi último proyecto.

Para rematar el desastroso momento se aparece ante mí, Milo Góngora. Me puse pálido, si bien Milo no era muy alto, me sentí un enano delante de él. No sólo me quedaba sin trabajo sino que me quedaba sin moral artística.

Miró su obra, sus ojos se agrandaron, su boca también aunque en menor medida. Tomé aire y le dije:

No sé cómo pedirte disculpas..… Me interrumpió.

Se hizo un silencio, me sentí incómodo, lo miré, abrió la palma de sus manos, como si esperara que alguien le diera un voluminoso regalo y me dijo:

¡Magnífico!, es lo que le faltaba a mi obra, la dureza de esas lágrimas, en esos pedazos de vidrio. ¡Allí está!.

Yo no entendía nada, me quedé sin expresión hasta que en mi cara se dibujó el reflejo de la sonrisa de Milo.

Tuve que dejar mi obra así, continuó diciéndome, porque tenía que estar lista para la inauguración, pero en verdad yo no estaba conforme, le faltaba eso, los vidrios, debajo de los ojos.

Miré la obra y noté que sí, era así, los pedazos de vidrios, tenían una forma semejante a la de las lágrimas, con un pequeño brillo y parecían haberse  colocado específicamente en los lugares más oportunos del rostro de aquella mujer.

Milo me extendió la mano y me dijo:

Bueno, ahora no sólo sos el Director de esta Obra edilicia, sino también sos coautor de esta Obra de Arte.

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