EL MURO: “El generalito y el buda gordo”. Por Isaac Morales Vargas

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A Stephanie Huerta.

Érase un niño que tenía muchísimos juguetes, pero solo se divertía con el generalito. ¡A la guerra, a la guerra!, parecía gritar el muñeco de rostro fiero, al tiempo que empuñaba en alto una larga espada, de modo que el niño se sentía muy contento con él y siempre lo llevaba consigo a todos lados.

Sin embargo, el niño quería que el generalito tuviese un formidable enemigo, como una malvada bruja o un espantoso dragón. Así que, una tarde, buscó y buscó en su cajón de juguetes hasta que descubrió a un buda gordo dorado. Como no recordaba haberlo visto antes, se quedó contemplándolo un momento, pero enseguida empezó a divertirse con él.

—¡Ha llegado tu fin, malvado! ¡Eso está por verse! ¡Ja, ja, ja! —decía el niño, antes de entrechocar al generalito con el buda una y otra vez.

Desde entonces, el niño amó a sus dos compañeritos. Incluso por las noches, antes de acostarse a dormir, los ubicaba sobre una almohada y los cubría hasta el cuello con un pañuelo de lana para que no se resfriaran. Solo entonces se envolvía en su manta y se quedaba profundamente dormido.

Hasta que una noche, por puro descuido, el niño se acostó a dormir sin sus dos queridos muñecos: los había dejado abandonados en el alféizar de la ventana de su habitación. Y esa noche, como era habitual, los demás juguetes salieron del cajón y empezaron a divertirse entre ellos: los trompos zumbaban girando y describían magníficos recorridos en el suelo; los carritos competían entre sí a toda velocidad; los tazos saltaban emocionados y tropezaban al caer con las canicas, que no se cansaban de rodar y chocar unas con otras; ¡hasta dos avioncitos eléctricos echaron a volar para unirse a la diversión!

—¡Cuánto ruido hace aquí! —se quejó el buda—. ¡Con este alboroto, es imposible meditar!

—¿Qué le sucede al nuevo favorito del amo? —preguntó la perinola desde el cajón de juguetes—. ¿Acaso no somos compañía digna para alguien tan distinguido?

—No discutiré contigo —repuso el buda, sin mirarla.

—¡Claro, ahora te crees superior a nosotros! —le espetó la bolondrona, quien era la madre de todas las canicas—. ¡Pero tendrás que tolerarlo! ¡Nadie les quitará la infancia a mis hijas! ¡No, señor!

            Y mientras el buda intentaba cubrirse las alargadas orejas con las manos, los otros juguetes empezaron a hacer una algarabía todavía más estridente que antes.

            —¡Silencio! —ordenó de pronto el generalito, que hasta entonces había estado dormido al lado del buda—. ¡Quien vuelva a hacer otro ruido, se las verá conmigo! —y blandió su espada.

            Tras un instante de quietud, los aludidos estallaron en sonoras carcajadas y continuaron armando jaleo.

            —¡Silencio, he dicho! —insistió el generalito hinchando el pecho, en un intento de realzar la solapa roja con bordes dorados del uniforme—. ¡Indisciplinados! ¡No se atreverían a desobedecerme si estuviéramos en la guerra!

            —¿Has ido alguna vez a la guerra? —le preguntó el buda.

            —¡Por supuesto! ¿De qué otro modo puede uno hacerse general? —respondió el generalito, señalando con el dedo tres estrellitas plateadas que descansaban sobre sus charreteras doradas.

            —¡Qué interesante! —exclamó el buda, mientras se acariciaba la enorme panza—. Pero, ¿de qué guerra estamos hablando?

            —Bueno, en realidad he participado en varias… —dijo el otro, ajustándose el sombrero—. De hecho, he ido a tantas guerras, que ya no recuerdo ninguna. Pero, créeme: he batallado por todo el mundo a lo largo de mi carrera militar.

            —Entonces, tú puedes ayudarme —dijo el buda—. ¿Conoces algún bosque apacible donde yo pueda meditar durante años enteros?

            —Claro que sí, amigo —aseguró el generalito—. Confía en mí. Solo espera a que salga el sol y te llevaré.

            —Muy bien —dijo el buda.

            Apenas amaneció, ambos abrieron la ventana y se asomaron en ella, pensando en cuál sería el mejor modo de escapar. De pronto, sopló una ráfaga de viento que los precipitó a la calle. ¡Pum, pum! Ambos cayeron sobre al asiento de una motocicleta que estaba estacionada junto a la acera.

            —¡Qué susto! —exclamó el buda—. ¡Volvamos a casa!

            —¡Cuidado! —le advirtió el generalito.

            En ese momento llegaba el piloto de la moto dispuesto a partir. Mientras tomaba asiento y se calaba el casco, el generalito y el buda corrieron y se sujetaron de las cuerdas elásticas que envolvían la maleta del vehículo.

            —¡Ya no quiero ir a ningún bosque! —bramó el buda—. ¡Voy a morir!

            —¡Pero no tengas miedo! —le exhortó el generalito—. ¡Yo cuidaré de ti!

            El buda iba a replicar, cuando se escuchó un ronco, profundo y retumbante ¡Rum, rum! ¡Rruumm!, y enseguida la motocicleta salió disparada por la calzada. El arranque fue tan brusco, que el sombrero del generalito voló de su cabeza sin que este pudiera impedirlo, mientras un perrito que los vio pasar les ladraba desde la ventana de un carro. Así, los dos viajeros se deslizaron velozmente por entre los vehículos más diversos, desde ligeros automóviles de turismo hasta colosales camiones de veinte toneladas de peso, largos y sobrecogedores.

            —¡Atención! —voceó el generalito—. ¡Vamos en dirección al bosque! ¡Atención!

            —¡Espero que no atravesemos ningún túnel! —exclamó el buda—. ¡Quiero ir al baño!

            Y, curiosamente, ambos se adentraron en un túnel que por alguna causa carecía de iluminación. El pasaje era vertiginoso y ensordecedor; el generalito y el buda solo veían estelas de luces rojas y blancas que se agitaban en las sombras, mientras los pitidos de las cornetas se expandían caóticamente por el espacio. No obstante, el generalito seguía firmemente sujeto de las cintas elásticas. El buda, por el contrario, sentía cómo sus deditos se iban desprendiendo uno a uno. Pensó que solo faltaban segundos para que se soltase del todo y se estrellara contra algún autobús, haciéndose añicos. Adelante, la luz del día empezaba a hendir las tinieblas.

             Pero ocurrió que, justo al salir del túnel, la motocicleta frenó repentinamente, elevando su parte trasera varios centímetros del suelo y despidiendo por los aires a los dos viajeros. ¡Y estos volaron muy alto y muy lejos! (¡sí, muy alto y muy lejos!), hasta que impactaron contra una cometa que volaba solitaria por el cielo y se enredaron en su cordel.

            —¡Yújuu! —celebró al instante el niño que dirigía el volantín desde una playa—. ¡Mi papagayo tiene dos juguetes sorpresa!

            Sin embargo, el niño se había emocionado tanto, que soltó sin querer el hilo y la cometa se alejó, llevada en espiral por el viento. Entretanto, el buda lloraba de pánico, mientras que el generalito se mantenía alerta.

            —¡Atención! ¡Ya estamos muy cerca! —informó este—. ¡Desde aquí puedo ver el bosque! ¡Atención!

            Y, a los pocos minutos, la cometa colisionó contra uno de los árboles que bordeaban aquél anunciado bosque. Inmediatamente, el buda cayó sobre una gruesa rama, pero el generalito quedó atrapado en una densa maraña de hilo, ramitas y hojas.

            —¡Por fin he llegado! —exclamó el buda, olvidándose en el acto de todos sus sufrimientos.

            —¡Por favor, amigo! ¡Ayúdame! —pidió el generalito, e intentó desenvainar la espada, pero esta resbaló de su mano y cayó en un gran charco de lodo que se extendía abajo.

            —Ahora, solo debo encontrar una buena sombra —murmuró el buda, dándole la espalda a su compañero.

            —¡Auxilio, auxilio! —gimió el generalito, luchando por liberarse de la maraña.

            —Lo siento, no puedo ayudarte —le dijo el buda, sin voltearse a mirarlo—. Tengo que meditar.

            Entonces el generalito comprendió que no recibiría ayuda del buda, por lo cual se indignó profundamente y le espetó:

            —¿Acaso no te importa nadie más que tú mismo? ¿Cómo has podido compartir toda una aventura con alguien que no te interesa? ¡Yo he arriesgado mi vida por ti, tan solo por considerarte mi amigo!

            Tan pronto como el generalito terminó de hablar, el buda giró en redondo y le preguntó con frialdad:

            —¿Y quién te dijo que yo soy tu amigo?

            En ese preciso momento el generalito se deslizó de la maraña y cayó en el charco de lodo. Mientras iba sumiéndose lentamente en el barro viscoso, luchaba por calmar su convulsa respiración.

            —Me merezco esta muerte —logró musitar, mientras unas pocas lágrimas goteaban ya de su mentón—; no debí abandonar a mi amo, que tanto me quería…

            —¿Qué dices? —le gritó el buda, que lo miraba desde arriba—. ¡No logro oírte!

            Pero el generalito ya no pudo responder, pues el charco de lodo se lo había tragado por completo.

            —Es una lástima —murmuró el buda—, pero no tengo tiempo para lamentarme: ¡necesito alcanzar la iluminación!

            Entonces el buda divisó un gran orificio en el tronco del árbol, justo sobre el punto en que nacía la rama que le soportaba. Emocionado, empezó a acercarse a toda prisa, y se excitó todavía más al notar que la cavidad estaba decorada con bonitas plumas rojas, azules y amarillas. ¡Qué lugar tan espiritual!, pensó. ¡Parece un santuario!

            De pronto, una pareja de guacamayas apareció de entre los árboles y se aproximó volando impetuosamente al nido.

            —¡Un intruso, un intruso! —chilló la señora guacamaya.

            Pero el señor guacamayo no dijo nada, sino que rápidamente apresó al buda entre sus pequeñas garras y lo picoteó con tal violencia, que en breves instantes lo hizo picadillo.

            Finalmente, la pulcra señora guacamaya se apresuró a limpiar el frente de su casa. Recogió con su pico los restos del buda y los arrojó al charco de lodo, en donde estos se quedaron flotando.

            —¡Bien hecho, querido! —felicitó la señora guacamaya a su valiente esposo, dándole un suave picotazo en el cuello.

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