RINCÓN CINÉFILO: Testimonios de un legado secular. Por MAXIMILIANO CURCIO

A las puertas del siglo XXI, el cine se ha vuelto centenario. Cronológicamente, y teniendo en cuenta que nació un 28 de diciembre de 1895, podría decirse que nuestra querida gran pantalla está transitando su tercer siglo de vida. Lo cierto es que, cruzando la barrera del nuevo siglo, el cine adquiere carácter de madurez.

Recapitular el legado de una disciplina expresiva transcurrido un siglo de su existencia, en términos de la historia del arte, no deja de resultar un tiempo de vida breve, si lo comparamos con otras expresiones milenarias. No obstante, desde aquel bautismo de fuego bajo el puño de Ricciotto Canudo en el llamado ‘Manifiesto de las Siete Artes’ hasta hoy, el cine ha recorrido un trayecto profuso. Su evolución como arte se ha mantenido constante, en perpetua transformación y en abundante producción.

Testigo de un siglo que avanzó a ritmo vertiginoso, el cine mutó incontables ocasiones en busca de trascender los límites de su arte sin perder jamás su esencia. La imagen en movimiento nos sigue maravillando a 24 fotogramas por segundo, a medida que el artificio cinematográfico ha perfeccionado sus técnicas y ha amalgamado el relato audiovisual al espíritu de su tiempo. Ello no ha impedido que la magia de sentarnos en una sala a oscuras a ver una película constituya un acto mágico, tan disfrutable como imperecedero.

Reflexionar acerca de un momento histórico que estamos atravesando se plantea como una tarea compleja. Por la simple cuestión que resulta difícil emitir un juicio de valor artístico y estético acerca de un tiempo que estamos presenciando. La distancia de los años, se ha comprobado, siempre brinda otra perspectiva. No obstante, hay algo que se ha mantenido invariable: nos siguen maravillando directores, historias, estrellas, vanguardias, géneros y cinematografías de latitudes tan variadas. Ese poder de fascinación sigue intacto, afortunadamente.

En tiempos del cine en tercera dimensión su huella se rastrea desde aquellos primeros experimentos de un visionario como George Meliés. Sin perder de vista que también el espectador ha cambiado, con la importancia que ello conlleva. En toda expresión artística, el receptor de la obra (visual, sonora o escrita) juega un rol fundamental. En gran medida es el espectador quien completa el sentido de la misma. Al menos uno de tantos posibles. Y son, precisamente, esos parámetros de subjetividad inmanejables para el artista lo que convierte al acto gozoso de contemplar una obra cinematográfica en algo intransferible. Justamente, en esa comunión del artista con el público (y del film como puente entre ambos) también reside gran parte de la magia del arte cinematográfico.

Nuevamente, la sala a oscuras y el ritual de absoluto placer de contemplar una historia que quedará grabada en nuestra retina y pasará a formar parte de nuestro olimpo de films imprescindibles a la hora de elaborar un muy personal listado de predilectos e infaltables.

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