LA BIBLIOTECA DE BABEL: “Semblanzas de un ex operador gráfico”. Por Gustavo Domb

Soy del ‘61 (¡pucha!), el mismo año y mes que Yuri Gagarin se convirtió en la primera persona en ir al espacio y dar vuelta a la Tierra. Como mi primer recuerdo fue que todo el mundo miraba al cielo para ver si lo veía, se ve que algo me impactó ya que toda mi infancia y adolescencia me la pasaba mirando hacia arriba y, por ende, como buen distraído, mis viejos decían que vivía en la Luna. Lo que sí tengo que corregir…aún vivo en la Luna.

Recuerdo perfectamente mi primer libro, o por lo menos el que leí solo y fue “Corazón” de Edmundo de Amicis. Dios mío, ¡como quise ese libro!, y la muerte del pequeño vigía lombardo y el viaje del hijo de los Apeninos a Los Andes para encontrarse con su madre…toda la tragedia del mundo existe en ese libro que leí, creo, a los siete años y quedé turulato con esos niños. Que era yo en medio de la guerra y la pobreza extrema. Y ahora se preocupan por si un niño lee algo inapropiado, je!

Como la mayoría de los pibes de clase media con una casa y una heladera Siam, leía toda la colección de Robin Hood…en ese hogar  no había muchos libros pero si muchas enciclopedias que hoy no pasarían las Normas ISO 9001. Mi vieja tenía una pequeña papelería y juguetería en el barrio de Villa Crespo, y, entre otras cosas, venía un corredor de Emecé y le dejaba libros en consignación y a partir de ahí empecé a devorarlos y no me da vergüenza decir que mis segundas lecturas de adolescente no pasaban de los Best Sellers del estilo “Aeropuerto”, “El solitario” y toda la literatura pasatista que se te ocurra.

Luego -a los 17 y con cierta impronta rebelde y hippie- pasé a los Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y cierta literatura que leíamos mientras tocábamos la guitarra en el Parque Centenario tratando de que no nos caiga una razzia policial, en plena dictadura era algo habitual. Como para finalizar el combo, mis primeras militancias políticas dentro en alguna organización de izquierda hicieron de mí un lector ávido de Lenin, Marx y afines y de paso escribir algún que otro cuento que algún dirigente quiso censurar por “demasiado burgués”.

Por suerte, siempre tuve problemas con las autoridades y eso no me hizo mella para seguir escribiendo mientras podía pensar en la revolución y leer el “18 Brumario” de León Bonaparte y además, como todo buen revolucionario, me metí a trabajar en una gráfica, y fui operario durante más de veinticinco años, varios de ellos como delegado y, claro, era el culto. Una rara avis en una fábrica…

A partir de la caída del muro y con casi 30 años de edad, me di cuenta cuanto había abandonado la lectura que no fuera política o historia y así volví a la narrativa. Me la pasaba  yendo a todas las librerías habidas y por haber para comprarme libros usados  a mansalva y de manera anárquica, así, conocí autores que ni me hubiera imaginado.

Si me preguntan cómo pasé de operario gráfico a librero, es otra larga historia. Conocí a la que ahora es la madre de mi hija (Helena) en un evento en Buenos Aires. Ella es rosarina y trabajaba en una pequeña librería de viejo en un barrio de Rosario. Cuando fui a conocer donde laburaba, lo primero que me dije y le dije fue: ¡¡quiero esto!!

Y de ahí en más mi vida se transformó, jamás hubiera imaginado siquiera que podía querer y mucho menos tener una librería. Así fue como planifiqué, casi sin pensarlo, como irme de la gráfica y vivir de los libros, y no pasó mucho más tiempo -creo que un año- que, sin un mango y solo con la indemnización de la gráfica, ella se vino a vivir a Buenos Aires y abrimos una pequeña librería en Almagro que se llamó Otra Lluvia, con muy pocos libros que fuimos.  Después de un tiempo y luego de la crisis del campo (2008) sumado a diversas crisis de pareja, hizo que me tuviera que ir de ese emprendimiento y de ahí en más quedé, como se dice, en pampa y la vía…

Con casi 47 años me quedé sin hogar, sin trabajo y sin casa. Luego, conseguí trabajo en Distal (una cadena de libros) y fue allí cuando comencé de nuevo con apenas 14 libros a vender por mi cuenta en el emprendimiento que luego se daría en llamar en LOS LIBROS MUERDEN.

Si me preguntaran sobre un libro en particular o autor que admiro, no podría siquiera entender cómo es posible elegir solo uno o hacer una lista de los mejores. No son diez, sino que son miles y miles de autores y libros que te marcan de alguna manera…hasta los malos, si bien no creo en la buena o mala literatura. No creo en los cánones literarios, pero creo que si alguien tuvo la increíble idea de estar escribiendo una novela y editarlo ya de por sí merece mi respeto absoluto (bueno, ahora que lo pienso no todos…).

Si bien soy muy exquisito en cuanto a gustos, me gustan que me cuenten una historia, y si no apelan a lugares comunes mucho mejor. Esa apertura mental que tengo con los libros hace que ‘no caiga’ en los más vendidos, los más buscados o lo que las revistas digan que hay que leer. Cuando un libro se convierte en best seller, ya le desconfío…me gusta descubrir esos autores que nadie conoce y por poca plata uno puede disfrutar, inclusive más que un Murakami.

Así descubrí a Carlos Hugo Aparicio, un salteño que tiene en su libro de cuentos “Sombra de fondo” uno de los mejores relatos que leí en mi vida y que se llama LOS BULTOS. Así descubrí a Sergei Dovlatov y su autobografía  “El oficio” sobre un autor que hace lo posible por editar en su país y nunca lo logra (una maravilla). Y tantísimos otros, como Alejandra Kamiya y su libro “Los árboles caídos también son el bosque”, y la lista sigue…

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