FICCIONES: “Reflejo en el agua”. Por MÓNICA CENA

—No tengo idea —dijo Nahiara para sí misma, y buscó con los dedos en la pantalla del gps—. No tengo la más pálida idea de dónde estoy.

¿Tanto se había desviado de la ruta?

Frenó en la banquina, se estiró y bajó la ventanilla del lado del acompañante.

A medida que el sol se ocultaba entre los árboles, el campo iba cambiando de color. Del otro lado, de su lado, no veía más que cielo y pasto: nada conocido, ni una indicación que la orientara.

¿Y ahora?

—¡Y para colmo sin señal! —rezongó sacando el celular por la ventanilla y moviéndolo de un lado a otro—. Basura de aparato. ¿Cómo hago para volver a casa?

Se tocó, para confirmar que seguía con el cinturón ajustado, y dio marcha al auto. El vehículo apenas se movió unos metros, y se detuvo como un globo que se desinfla.

—¡mierda! —gritó golpeando el volante—. Lo único que me faltaba.

Tuvo ganas, muchas ganas de llorar de bronca. Pero respiró profundo para mantener la calma. Para recuperarla, mejor dicho: no era momento ni lugar para histerias, sino de pensar con la cabeza bien fría.

Sentada en su asiento, esperó: tenía la ilusión de que alguien pasase por la ruta, aunque fuera en sentido contrario.

Estoy en medio de la nada, pensó.

Por entre las sombras que iban ganando protagonismo en el paisaje, pudo divisar en el horizonte una pequeña luz. Seguramente una casa, o el rancho de algún puestero. Sin pensarlo, se bajó con su bolso y caminó en esa dirección.

Caminó bastante. La noche se le venía encima, y la luz, esa luz que le había dado esperanzas de encontrar ayuda, estaba cada vez más lejos.

—¡Es una estrella! —La voz le salió entrecortada.

¿Cómo había podido confundir una estrella con la luz de un rancho?

Pero ya era tarde para arrepentirse: estaba en medio de un mar de pasto y de árboles, muy lejos de donde había estacionado.

Necesitaba encontrar un lugar para pasar la noche. Una típica noche clara de invierno en la pampa argentina: cielo estrellado y mucho mucho frío.

Miró a lo lejos. Tengo que llegar a aquella arboleda, pensó. Tengo que llegar, o me congelo acá mismo.

Había visto de chica, en el campo, cómo las gallinas se subían a los árboles para protegerse del frío. Y ella era buena para eso, incluso con zapatos de vestir.

Siguió avanzando un buen rato entre los pastos que le daban a las rodillas, y entre las malezas que le llenaban de abrojos la ropa. Y llegó a la arboleda.

—¡Ay! —gritó y cayó. Y fue rodando sin control, internándose en el bosque, hasta que un tronco la detuvo.

Le dolían todos los huesos y no se animó a ponerse de pie en seguida. Recorrió mentalmente todo su cuerpo, y movió cada parte tratando de encontrar alguna rotura. Una puntada que nacía en el tobillo le atravesó toda la pierna.

Parece que estoy entera, pensó. Pero no iba a poder trepar.

A tientas —no quería gastar la batería de su celular—, se internó un poco más en el bosque en busca de un refugio.

Un ruido de ramas quebrándose. Nahiara se apoyó contra un árbol y aguzó el oído tratando de identificar qué era. Silencio.

Dio unos pasos sobre las hojas secas. Un eco distorsionado la seguía, como si algo, o alguien, imposible saber qué, avanzase detrás de ella.

Encendió la linterna de su celular: sombras, sólo sombras confusas, apenas movidas por la brisa.

Unos pasos más, y el ruido volvió. Se aceleró, y se detuvo de golpe para comprobar si aquello era el eco de sus pasos. No, no lo era. Se le heló la sangre. Tragó saliva, y lo más quieta que pudo esperó.

Pensá rápido, pensá, se dijo.

Aprovechando que la luna se filtraba por entre las hojas, apagó el celular. Que sus ojos se acostumbraran a la penumbra.

Siguió su camino. Cada tanto, se detenía a escuchar.

Alguien me observa, se dijo, y levantó una rama que le serviría de garrote.

El corazón le dio un salto cuando comprobó que ese ruido, que ahora estaba más cerca, se multiplicaba: el pasto crujía atrás, pero también adelante. Y a los costados.

La luna, que ya estaba bien arriba, hacía de reflector en esa escena campestre. Lo que le permitió a ella identificar aquello: un perro.

Los ojos del animal la miraban fijo. Nahiara, sin mover un músculo, lo espió de reojo. Pudo oler la transpiración del perro, percibir su jadeo que se le acercaba muy despacio. No pasó mucho tiempo, que otro perro apareció por un costado. Nahiara respiró hondo, enderezó la espalda y reanudó la marcha.

—No existen —susurró—. Es mi imaginación, son sombras y ramas, nada más que eso.

Se acercaba a un claro del bosque. Imaginó que tal vez podría guarecerse en algún hueco. Pero otro perro le cortó el paso. Agazapado, la miraba con ojos encendidos de cólera. Tenía la boca muy abierta y la baba espesa le caía por entre los colmillos. Nahiara apretó los dientes y le respondió con la misma mirada.

—No te tengo miedo —le dijo con voz ahogada, y arrojó su bolso a cualquier lado para aferrarse al garrote con las dos manos.

A la luz de la luna, quedaban expuestos todos los personajes de esa tragedia griega: Nahiara, mirando a uno y a otro animal; y ellos, creando un cerco a su alrededor.

El que estaba de frente le saltó encima, pero ella fue más rápida y le asestó un golpe certero en la cabeza. El alarido del perro se convirtió en una orden, y los otros tomaron su lugar.

En el ataque, Nahiara había perdido el garrote; ya no tenía con qué defenderse. Y corrió. A pesar de su renguera, corrió. Corrió lo más rápido que pudo, sin importarle que su corazón latía desbocado confundiéndose con los latidos de la noche. Corrió hasta que le faltó el aire, y ya no sintió los pies. Hasta que llegó a un arroyo.

No voy a saltar, se dijo mirando el agua. Sabía que con ese esguince no llegaría al otro lado.

Y un grito involuntario le salió de lo más profundo.

Bajo la luna llena, alcanzó a ver que los músculos de su cuerpo se le contraían de dolor, un dolor que ahora la acribillaba a morir. Uno de los perros le estaba mordiendo una pantorrilla y se sacudía de un lado a otro, quería arrancarle el pedazo.

Furiosa, Nahiara le enterró las uñas en los ojos. El perro abrió la boca en un rugido desesperado, y ella liberó la pierna y se arrojó sobre él y lo mordió. Enredados en una lucha sangrienta, rodaron y cayeron al agua. Enceguecida, Nahiara desgarró a mordiscones el cuero del animal, que ahora sólo pujaba por huir.

Silencio y quietud: el perro había muerto.

Nahiara levantó la vista. Por ahí cerca andarían los otros, y mataría a cada uno. Pero no, habían huido.

Se sintió muy cansada, apenas conseguía moverse. Se arrastró hacia el arroyo para enjuagarse la sangre.

En el reflejo del agua iluminado de luna, se vio el hocico lastimado. Se lamió la herida de la pata, dio tres vueltas en el pasto fresco y se echó: esperaría ahí a que la luna se escondiese, a recuperar su forma humana.

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