FICCIONES: “Manifiesto Sakura”. Por VIVIANA IBRAHIM

“5 centímetros por segundo”

Makoto Shinkai

No es cierto que somos libres. Menos aún, que la escasa libertad que logramos no tenga precio. Los anuncios no paran de mentir en las calles, descarados y sin medida del daño personal para quien los lee, exhiben su letra obscena: “Sé libre, sé premiun”. Salir de la jaula tiene costo, amigos. Otro anuncio, en la computadora, me alerta que cualquiera puede ver lo que hago en línea cuando estoy, por ejemplo en casa escribiendo tranquilamente y entonces me crea la preocupante necesidad de esconderme, aún de la soledad de mi cuarto. Hoy no es un buen día.

 Voy a plantar mi huerta, a cerrar persianas y puertas, a agazaparme bajo las sábanas para escapar de este mundo nauseabundo,  fabricante de necesidades y miserias. ¿Qué saben ellos de mi pedacito de felicidad? ¿Cómo es que alguien supone adivinar el deseo de cada uno de nosotros? Creen acertar y erran, para los que como yo, están asqueados de tanta falsa urgencia, del apremio por cubrir la nada con las otras nadas, las materiales, las ortopédicas, las que engendra la avaricia de algunos pocos. Debo estar alerta. No negociarán ni con mis migajas, esas que reagrupo en mí, cada mañana al despertar. Como ahora, que tengo que ir al trabajo obviando el desgano y el calor de la noche. Mi cabeza me tira ideas, excusas infantiles, para permanecer recostado y prolongar la ilusión de que dormido las penas se olvidan. Ya sé que no es verdad, que ellas siguen merodeando el entramado de la estopa de mis sueños. Acechan los muertos cuando cierro los ojos, recordándome que disfruto del letargo del que quizá no volveré. ¿Y si alguna mañana me llevan a su mundo? ¿Y si no regreso del mundo de los muertos con el que me emparento cada noche? O tal vez ocurra, que ese recurrente sueño de pájaro que planea la ciudad durmiente bajo los faroles encendidos, me halle en la cornisa de aquella ventana de infancia, llorando por lo que no pudo ser, para mí, de otro modo más que ese suceder de acontecimientos crueles que alguna vez creí, sin fin.  Un pájaro que se cree libre y va directo a picotear su jaula en la penumbra. Ese es mi sueño, mi penar y su insistencia. Ante la obstinación del despertador, sumiso, obediente como los empleados, él también se hace dócil ante mis manos y cada mañana, puntual suena y canta en la mesita de noche a la hora señalada. Lo detesto, porque me empuja al abismo de la cama haciendo añicos mis sueños cada día.

El desayuno es tres mates a las apuradas, los párpados hinchados y la mochila lista de la noche anterior. Colectivo, subte, un tramo más de caminata entre carneros apiñados, tan dispuestos al sacrificio de algún falso dios, como yo. Las puertas del subte se abren y allí vamos directo a la inconsciencia que se requiere para soportar que nos triture la picadora de carne, un poco más cada día. Al bajar, miro siempre hacia atrás, observando si hemos dejado rastro de nuestro paso por la vida, alguna libra del cuerpo en el asiento. Resignado camino a sabiendas de lo que me espera en las próximas idénticas ocho horas dentro del exprimidor global. Hoy no es un buen día.

El jefe chilla mi atraso, mientras todos hacen que no escuchan clavando la vista en la pantalla, él habla de mails atrasados, de la pila de papeles urgentes que debo resolver durante la tarde, y algunas cosas que no entendí porque puedo ver el rojo creciente en su rostro, en esos pequeños ojos claros que se esfuerzan por estacar los míos y es tan placentero descubrir que aquél es un jerarca oprimido, aún más que yo, el simple empleado que nunca llenó sus apremiantes expectativas, que jamás será el trabajador ejemplar ni del mes, ni del año, ni de su vida, gracias a todos los santos. Acelera los gestos, su cara adopta formas graciosas cuando dejo de escuchar lo que clama con tanto fervor y empieza, juro que sin propósito consciente, esa tema tan famoso de Vangelis… que me  lleva a volar nuevamente lejos de todo aquello y es entonces cuando en verdad sucede. Los miro, los veo con una extraña distancia a cada uno de los que están en ese preciso momento allí. ¿Quién los extrañará si mañana no están? Quién ocupará ese asiento cuando alguien los llore dos o tres días diciendo: qué triste que es todo este asunto, que era un gran empleado, que nos dejó tan joven, que pobre de aquellos -que no conocemos- que quedaron tras el tendal de la muerte del ser querido que marcó sus vidas para siempre, que qué pérdida tan valiosa para la empresa que mañana tendrá que dictar un aviso de empleo por segunda vez en el mes, para alegría de los otros, esos que están haciendo fila en la puerta para ser espoleados, también por una suma bastante interesante. Y mi jefe, estoico, que ahora atraviesa la puerta de madera de su selecta oficina, cerrando de un portazo su prisión. Voy en busca de un vaso de agua. Me largo. Ya no quiero imaginar que no estaremos y que ni se darán cuenta de nuestra ausencia porque después de todo, sería una necedad de mi parte, no reconocer que a un número sólo le puede seguir otro.

El de seguridad me detiene en la salida, me excuso mostrando un cigarrillo y acciona el botón de la gran puerta vidriada. Me guardo en el recuerdo, su sonrisa condescendiente y corro exaltado por Avenida Córdoba hasta caer bajo la sombra de algún árbol repleto de pájaros. Aún escucho a Vangelis y el aleteo sobre mi cabeza cansada. Tan.

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