FICCIONES: “Error de cálculo”. Por MÓNICA CENA

Otra noche sin dormir pensando si esa era la forma de deshacerme de Shany —Manuela, para los que conocemos su verdadero nombre—. Doy mil vueltas en la cama obligándome a cerrar los ojos, y la muy estúpida sigue durmiendo a mi lado sin darse cuenta.

Comienza a clarear, me quedo mirándola como si fuera la primera vez que la veo: su pelo enmarañado, la baba seca que le corre por el costado de la boca y el rímel corrido debajo de las pestañas. No entiendo por qué todavía no me fui a la mierda, si no la aguanto más.

Se despierta como si mi mirada fuera un estilete que la está surcando.

—Hola, Lu —me dice con voz ronca—. ¿Ya te levantás?

Ni le contesto. Su aliento a tabaco y a cerveza mal digerida me da ganas de vomitar.

Me levanto y abro la ventana, necesito aire fresco. Desde ahí veo la plaza, los chicos que van a la escuela, los árboles. Parece que el mundo allá afuera es más lindo.

—¿En qué pensás, Lucas? —dice Shany antes de quedarse dormida otra vez. No sé para qué me pregunta si no le interesa la respuesta.

Pienso, pienso todo el día y todos los días desde hace bastante. Pienso en todo lo que perdí gracias a ella: mi dignidad, mi familia, mi mujer, mis hijos, el trabajo, las ganas de vivir.

De la cocina llegan las voces de los hermanos de Shany que pelean por pavadas.

Pero por suerte enseguida se van: son dos boludos que lo único que saben hacer es ir a la tapera de la otra cuadra con los vagos del barrio. Faloperos de mierda.

Quedamos solos Shany y yo.

Voy a la cocina a tomar un poco de sal de frutas, pero entre tanto quilombo no encuentro el sobrecito.

—Lucas —dice Shany todavía acostada—. Si te hacés un té, ¿me traés a mí?

—Sí —le digo, aunque no voy a desayunar: tengo el estómago revuelto. No sé si es por el olor de esta pocilga o por la comida grasienta que esta inútil cocinó para la cena. Un asco.

Igual, no me importa lo mal que me siento: hoy es el día. Voy a poner fin a esta tortura.

Le llevo el té y después me voy al baño, no puedo contener el vómito.

¡La puta madre! Me sale sangre por la boca y por la nariz.

Shany, parada en el umbral de la puerta del baño, con la taza de té en la mano, me mira como si nada.

—¿Te cayó mal el “condimento” de anoche? —me dice en tono de burla.

—¡Hija de puta! —le grito mientras iba a los tumbos hasta la pieza—. ¿Qué le pusiste a la comida?

—A ver… —me dice—. Adiviná: ¿qué te gusta comer a vos que sos una rata? Te molesta que reciba tipos en casa, pero bien que usás la plata que me dejan, ¿no?

La risa de Shany me parece lejana, aunque sé que me sigue en mis tropiezos por la casa. No puedo mantenerme en pie, no sé lo que me pasa, no quiero imaginarme, no quiero creer…

—¿Y ahora qué vas a hacer, rata? —me dice Shany con sarcasmo.

Yo no quiero morir acá. Cualquier lugar es mejor que en este rancho de mierda. Tengo que llegar a la calle.

—Me muero —le digo, ya casi en la vereda.

—Sí —me dice y se larga a reír.

Se le interrumpe la risa a la estúpida. Una bocanada de sangre sale de Shany como si se le hubieran reventado las tripas.

—¿Qué me hiciste, hijo de puta? —dice con un hilo de voz, tirada en el umbral.

—¿Qué te pasa, Manuela? —alcanzo a decir—. ¿Te cayó mal el tecito?

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