FICCIONES: “La Puerta”. Por A.L. Ziko

Clara cierra el libro que la acompaña y lo deja en la butaca contigua, junto a su
bolso.
-“Siempre es temprano para leer a Verne”, piensa. Y acto seguido, pierde la mirada
más allá del cristal de la ventanilla.
El tren avanza en su derrotero hacia quien sabe cuantos destinos. Para Clara, este
viaje también enlaza más de uno.
El paisaje se torna cada vez más verde y brillante, dejando atrás los áridos
marrones de las primeras horas.
Clara mete la mano en su bolso y extrae un pequeño objeto. Es una bola de vidrio
en cuyo interior un sonriente y desteñido Papá Noel viaja en trineo conducido por
seis renos. Para ella, él siempre tenía una sonrisa encantada. Clara agitó la esfera
con entusiasmo para ver la nieve caer dentro de sí. Como si fuera la primera vez, la
sonrisa frente al blanco resultado es inevitable.
Clara despierta de golpe, como si una alarma interna le indicara que es tiempo de
mirar. Por la ventanilla, descubre imágenes que le resultan familiares.
Están llegando.
Los pies de Clara, inmóviles en el andén, son testigos de cómo el tren abandona la
estación. Sus ojos miran, recorren, conocen. El bolso cuelga de una de sus manos
esperando la próxima decisión. Los rayos de sol, como haces, se cuelan entre las
figuras.
Clara ha dejado la estación y se ha adentrado en el pueblo y en sus calles. Como
una brisa cada vez más intensa, los recuerdos van asomando en ella, como fichas
de dominó. Uno atrae al siguiente. A cada paso, el mapa de lo que alguna vez fue su
vida va cobrando forma y tono.
Algunos negocios habían cambiado de rubro, otros habían cerrado, o se habían
modernizado… El pueblo había mutado y era el mismo a la vez. Clara miró con
nostalgia la esquina de la pequeña librería, y sonrió enérgicamente al descubrir
que seguía allí. Pensó en acercarse y echar un vistazo, pero optó por seguir camino.
En ese momento, otras urgencias habitaban en ella.
Apenas unos pasos después, la eterna plaza se abrió a su encuentro. Clara se
distrajo con unos niños que jugaban vivamente. Casi al instante, pudo verse a sí
misma entre las descoloridas estructuras de los juegos que la habían visto crecer.
Recordó entonces aquella tarde en la que su padre la sorprendió de regreso de un
viaje. Ella llenaba allí mismo sus moldes con arena, bajo la atenta mirada de su
madre. La escena le pareció tan real, que creyó escuchar la voz de su padre,
llamándola. Clara había dejado todo para correr rápidamente a sus brazos. Al
levantarla, su padre sacó de un bolsillo una pequeña bolsa de papel madera y se la
entregó. Llena de alegría, Clara introdujo la mano y sacó una pequeña bola de
vidrio con un sonriente Papá Noel en su interior. Su padre le mostró como, al
agitarla, una lluvia de nieve cubría el interior. Clara suspiró y deslizó su mano por
encima del bolso, como queriéndose asegurar de que su preciado y fiel objeto
seguía allí.
Para cuando sus pies alcanzaron la entrada de la finca, el sol había empezado a
menguar su calor. Clara miraba a su alrededor, entre curiosa y dubitativa. Tal vez
esperaba alguna señal de algo o de alguien, pero nada sucedió. Tras una breve
meditación consigo misma, se decidió y abrió la cerca.
-“El momento ha llegado”-, deslizó por lo bajo.
Lo cierto es que era ella quien había llegado hasta él.
Su ritmo se volvió más lento, y sus pasos más pequeños. Distintos verdes la
secundaban. Eran tiempos de flores, y Clara percibía los perfumes del atardecer
deslizarse por sus rincones. Su piel respondía a aquel lugar naturalmente.
Y la vieja casona aparecía al fin.
Sus pies se detuvieron otra vez. A Clara le pareció que los tres peldaños de la
antigua escalera le daban la bienvenida y la invitaban a subir. Aceptó la invitación,
y se acercó a una de las ventanas, intentando ver algo del interior. Pero fue inútil,
nada podía ver desde afuera.
Clara soltó el bolso y llevó la mano su panza. Bajó la cabeza y dirigió la mirada
hacia la vida que incipientemente albergaba en ella. Y entonces descubrió que uno
de sus destinos la había alcanzado al fin.
El silencio se interrumpió y Clara levantó la vista. Su mirada, expectante, se
humedeció.
La puerta se había abierto para recibirla.

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