UNA VENTANA AL PSICOANÁLISIS: “¿Mamá…es así?. Por VIVIANA IBRAHIM

El artículo podría también haberse llamado, “Bergman y el inconsciente” dado que Ingmar Bergman, director y guionista de “Sonata de otoño” pone a hablar al inconsciente, como protagonista.

La película sueca cuenta con las actrices Ingrid Bergman, quien interpreta a Charlotte, madre de dos hijas, una de ellas con una enfermedad degenerativa- Lena Nyman en el papel de Helena-, y Eva, interpretada magistralmente por Liv Ullmann.

El film muestra -no cuenta- el reencuentro de una madre (famosa pianista) con sus hijas tras no verse durante siete años. Es Eva, quien al enterarse del reciente fallecimiento de Leonardo, un amigo y compañero de la madre, le envía una carta invitándola a pasar unos días en su casa. Rescato ésta parte del argumento por ser el corazón de lo que allí se da a ver. Los diálogos, sostienen la trama en una tensión constante, nada de lo que allí se dice es en vano ni adolece de ornamentos. Descarados, simples, directos, crudos y hasta crueles, si se quiere, lo que en ellos se despliega es adverso a lo que esperaríamos escuchar en un reencuentro entre una madre y una hija luego de tanto tiempo. Esto se debe a que lo que allí habla es el inconsciente, que va tomando voz y protagonismo a medida que la trama avanza. No encontraremos un “habrá querido decir” al contrario, escucharemos “el decir” y de allí que éste film me haya puesto aquí, hoy a escribir.

¿Cómo no ver cuando el inconsciente está allí manifestándose, en la palma de la mano?  Desterrando la idea, comúnmente aceptada, de que habría que buscarlo en no sé qué profundidades de la psiquis, cuando en verdad se devela constantemente en aquello que decimos, en la estructura de lo dicho apareciendo sin velo, crudo, si lo queremos escuchar. El inconsciente, insiste no resiste. No es pasado, se hace presente cuando hablamos y decimos sin saber realmente lo que decimos.

Tras el primer contacto, a ambas les surge el mismo interrogante: ¿Qué esperaba al venir? -dice Charlotte, ¿qué esperaba con su venida?- se pregunta Eva.  Atisbo de esperanza, de la realidad que preferimos. Atisbo también de la no concordancia entre esa realidad que es la vida y ésta otra, inconsciente, que de-vela una verdad singular para cada quien. Lacan, se pregunta: ¿Por qué el velo le es al hombre más precioso que la realidad? En la  función del velo, la cortina, puede leerse la cuestión fundamental del amor y es que lo que se ama en el objeto de amor es algo que está más allá. En la película, en sus diálogos, la cortina parece estar en amenazante caída, se recupera y se descorre constantemente. Sobre el velo se dibuja una imagen, se imagina una ausencia. Cuando está presente se puede ver a una Eva casi infantil, tímida, insegura hasta el punto de ser capaz de preguntar a su esposo si él la ve cómo adulta, si es adulta. Interrogante que puede pensarse en relación a ese no poder dejar de verse como una niña frente a esa madre. Aún así, tiene algunas sospechas, algunas cuestiones claras en relación a la no concordancia entre lo que la madre dice y sus gestos, -por ejemplo- leyendo esa no coincidencia como la teatralidad de la madre. Eva sospecha que frente a la incapacidad emocional, su madre tras una máscara, despliega  una escena, representa un papel. Pero lo horroroso surge tras la caída del velo, de la máscara si se quiere. Supongamos por un momento que miramos la vida a través del marco de una ventana que permanece siempre con las cortinas cerradas, siendo esa realidad observada, nuestra realidad psíquica, nuestro modo de ver el mundo. ¿Qué ocurre cuando las cortinas se descorren? Vemos aquello que siempre sospechamos que había del otro lado, ese más allá que sólo en determinadas ocasiones temíamos como posible. Descorrer la cortina  provoca un aumento de tensión que encuentra el punto máximo con la pregunta nodal de Eva, hacia su madre y que, por otra parte, le aclara que si no estuviese borracha no podría decirle lo que está diciendo: “Una madre y una hija… qué absurda combinación de sentimientos, confusión y destrucción. No lo entenderé nunca. Todo es posible y todo se hace en nombre del amor y por el amor. Los pecados de la madre ha de pagarlos la hija, las frustraciones de la madre pasarán a la hija, las desilusiones de la madre las sufrirá la hija. Es como si jamás se hubiera cortado el cordón umbilical.  ¿Mamá…es así? ¿es la desgracia de la hija el triunfo de la madre? ¿Mamá…  es mi dolor tu alegría secreta?” Impecable monólogo que pone en primer plano la pregunta por el deseo del otro, el Che Vuoi?  Pregunta por la cual el sujeto tiene su encuentro con el deseo del Otro, más allá de lo que el Otro dice, de lo que el Otro pide, incluso de su silencio el interrogante crudo, sin velo: ¿qué quiere?, ¿qué me quiere?. Confrontado a una falta, no sabe qué es para el otro.  Caída estrepitosa del velo, horrorosa verdad reflejada en el rostro de Eva frente al silencio materno, para recomponerse- ella y la cortina- tiempo después, con un saber nuevo. Sin dudas, éste film de Bergman da a ver hasta qué punto y por qué al hombre, el velo le es más precioso que la realidad.

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