EL GRAN ACTO: “El Rey de las Máscaras”. Por CELESTE NUÑEZ

¿Porque el cine es un arte?

Hay imágenes que valen más que cien palabras, y claro que las hay…son esos momentos en el rodaje que marcan la diferencia entre una película y otra, e inclusive la posiciona en una categoría artística que la define como tal. En estos pequeños encuentros queremos dar el realce que se merecen y ensalzar la figura de la escena; la que particularmente esconde el clímax, imprimiéndonos una estética que nos lleva a concebirla como una de las favoritas. 

Existen variados elementos que son responsables de esta elección: la fotografía, la narración, la música, el guión. Pero es la suma de un todo la que define a una pieza fílmica como una obra de arte, incluso el lugar y momento donde apreciamos la cinta nos condiciona, y nos vemos afectados de una u otra manera removiendo nuestra sensibilidad. En la actualidad y con los avances tecnológicos la pantalla, el momento aurático de contemplar una película ha sido trasladado de las salas de cine a la pantalla del computador o del celular, sin embargo las ganas o necesidad de observar una película no disminuyen por los dispositivos, sino más bien los accesos han posibilitado que miremos más cintas y su producción vaya en aumento.

No discutiremos aquí el espacio físico por el cual accedemos a un film. Nos dedicaremos a analizar porque en el aparato o lugar que sea, el cine nos provoca una fascinación que comparte los ideales del arte haciendo mella en lo que finalmente nos une en nuestra condición de humanidad: la sensibilidad frente a la forma al color, al sonido y la textura, en otras palabras al tratamiento estético.

El término estética nos puede sonar ajeno e infamiliar pero no estamos conscientes de que convivimos con lo que engloba esta definición a diario. A pesar de ser un término académico que requiere de un cierto conocimiento en el área, vivenciamos este hecho en el cotidiano, porque como hemos dicho apela a las sensibilidades que son afectadas por las formas, lo mismo sucede en una película. La sensación posterior al mirar un film nos deja diferentes impresiones, no es lo mismo ver una película de terror que una de carácter romántico, lo mismo sucede al ver una animación o cine mudo. En esta sección intentaremos dilucidar porque ciertos factores en los films nos sacuden, alterando nuestros estados, del llanto a la alegría de la inercia a la acción.

Parece elocuente comenzar este primer encuentro con el film “El rey de las máscaras” del director Wu Tianming del año 1996. La pieza audiovisual es un relato chino -el tema- en donde un anciano que hace magia con sus máscaras, poseedor de una tradición familiar secreta para cualquier ajeno al clan. Una niña pequeña es vendida para ser la aprendiz de este mago. El cuento es la historia de ambos en una China de principios de siglo pasado, mientras éstos intentan sobrevivir con su arte en las calles. Sin embargo la vida es dura; ella tendría que haber sido un chico y, el, menos tradicionalista. No obstante, la trama consigue revertir estos hechos y ambos logran una armonía.

Al momento de contar un relato, seleccionamos las partes que nos parecen relevantes por varias razones, pero sin duda aquellas que nos fascinaron como piezas infaltables que caracterizan una película; es allí donde encontramos nuestro gusto estético en el momento del deleite. Esto sucede en el minuto 06:39, durante el primer plano del anciano en el máximo esplendor de su espectáculo. Cambia de máscara una y otra vez a la velocidad del rayo, sosteniendo dos lámparas rojas como su único escenario demostrando lo increíble de su arte, capturando la atención de quién es adorado y llevado en andas, el transformista de la opera Sichuan. Aquí todos elementos hacen de esta escena un momento fundamental y entendemos porque es un artista aquel llamado ‘rey de las mascaras’.

Los personajes principales y secundarios rondan las artes callejeras: magos y performistas, ofrecen sus cuerpos y habilidades al servicio del disfrute de los transeúntes. Un ambiente festivo propio de la cultura china con fuegos artificiales, dragones, hermosas lámparas de papel y una dedicada ambientación logran la inmersión del espectador en la pantalla. El guión trata la temática en más de una ocasión con proverbios, característicos del cuento a la espera de la moraleja, eso sumado al protagonismo de la niña pequeña y uno que otro menor de suerte lamentable. Esta triste realidad es coloreada con los matices de magia del anciano y su increíble habilidad para cambiar de máscaras hermosamente diseñadas. Un trabajo minucioso del más diestro pintor, que lleva la alegría de pueblo en pueblo sin tener mucho éxito y ensombrecido por las espectacularidades de personajes y shows con mayores recursos, como el de Liang Sulan (el famoso transformista de la opera) nos enseña lo llamativo y apoteósico  de la cultura china. La cual también abarca la simpleza y delicadeza en una ceremoniosa conversación, en donde el té es el principal moderador. Es así como ciertos elementos hacen de esta cinta todo un goce por el gusto de los objetos, vestuario y escenografía en general. Esto se puede constatar en el cálido hogar del anciano y la pequeña, un botecito de madera que sirve de lugar de entrenamiento, de transporte y abrigo un complemento que envuelve y da carácter a la relación de ambos.

Un cuentacuentos, un reino de máscaras, un rojo que predomina en un pueblo que persiste en sus costumbres y el arte en la tradición, hacen de este film un imperdible de la cultura asiática milenaria.

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