RINCÓN CINÉFILO – La Escuela intelectual francesa: Cahiers, allí donde nació todo. Por MAXIMILIANO CURCIO

 

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SEGUNDA PARTE: De Cahiers du Cinema a la Nouvelle Vague

El nacimiento de una nueva forma de hacer y ver cine

Cahiers du cinema es la revista de crítica cinematográfica por excelencia. Allá lejos, en los años cincuenta se constituyó en estandarte de un pensamiento que cambió para siempre nuestra forma de ver el cine, síntoma inequívoco de tiempos de cambio que la Nouvelle Vague consolidaría una década después. En el argot cinematográfico, Cahiers es la biblia del cine, y con razón. Su adopción por parte del mundo cinéfilo, muy adepto al cine de vanguardias y en plena era de cine-clubs, posibilitó el consumo de un cine alejado de los anquilosados parámetros industriales. Se había fundado una nueva tradición.

Los jóvenes realizadores que formaron parte de esta camada impulsaron sus ideas haciendo gala de un espíritu fervoroso, que ponderaba con avidez el arte imperante por aquellos años. Dueños de un bagaje intelectual notable y una profunda convicción autodidacta, la revista fue forjando un estilo inconfundible redescubriendo, en cada escrito, el absoluto poder de la mirada personal sobre el mundo con el arte como instrumento inseparable del hombre. Este acervo cultural le llevó a rescatar en el tiempo, no solo la obra de imprescindibles autores de corte europeo como Bergman o Fellini, sino de dar lugar entre sus discípulos a jóvenes contemporáneos que estaban haciendo sus primeros pasos en búsqueda de un cine auténtico y renovador. Se trataba de reflexionar acerca del hombre de su tiempo, testigo de los cambios socio-políticos de la época y asimilando el profundo impacto contracultural del Mayo Francés de 1968.

El apartado técnico también introdujo modificaciones que posibilitaron otras búsquedas estéticas: la cámara que podía llevarse al hombro, el uso de sonido directo y la emulsión de rollo cinematográfico de mejor calidad, por solo mencionar algunos. Los bajos costos que requería la realización de filmes contribuyeron a la proliferación de cámaras ligeras (formatos semi profesionales) que hacían propenso un rodaje más experimental deudor de las estéticas del neorrealismo cuando, veinte años antes, la desidia de la posguerra había dejado a los cineastas con apenas los mínimos recursos disponibles para llevar a cabo sus proyectos. Una vez más, la carencia de medios técnicos y el abaratamiento de los costos abrieron nuevas alternativas expresivas del lenguaje cinematográfico. Adición por sustracción. Esto se tradujo en nuevas marcas de estilo para la incipiente camada autoral: se respiraban aires de cine independiente.

De críticos a directores:

El pionero de la crítica cinematográfica André Bazin fundó la revista Cahiers du Cinéma en 1951. De tirada mensual en sus inicios, se convirtió en un campo de resistencia frente al modelo clásico y la narración clausurada. Truffaut, Godard, Chabrol, Rivette o Rohmer encabezaron una camada que se conformaría por más de un centenar de críticos-cineastas. Todos ellos fueron grandes escritores antes que realizadores cinematográficos y reivindicaron a través de sus escritos la pasión como salvavidas de la condición humana.

El nuevo rol del realizador cinematográfico trastocó por siempre la idea establecida, y parte de aquella semilla inicial puede rastrearse en un texto publicado en 1948 bajo el nombre de: “La Cámara Pluma” (Cámara Stylo), autoría del teórico Alexandre Astruc. Uno de los primeros en plantearse interrogantes acerca del papel definitivo del director cinematográfico, Astruc decía que el realizador debía ‘dibujar con su cámara’ de la misma manera que un escritor ‘dar trazos con su pluma’. Esto nos hablaba a las claras de un claro sentido de la singularidad individual. Además, plasmar la realidad del mundo sin manipular la mirada, exigía un espectador atento y presto a interpretar bajo su propia óptica este mundo figurado, enalteciendo el acto artístico.

Siguiendo la ruta iniciada por Astruc, este variopinto grupo de cinéfilos  (luego convertidos en directores amateurs) perseguía la libertad creativa, poesía una gran cultura general y un profundo carácter de espontaneidad a la hora de ponerse detrás de la máquina de escribir (luego de la cámara). Precursor de esta camada emerge la figura de François Giroud, quien en un artículo publicado en 1958 por la revista L’Express, habló por primera vez de una incipiente “Nouvelle Vague” o “Nueva Ola”.

Una sociedad cinéfila

El año 1958 André Malraux, un antiguo documentalista y ministro de Cultura del gobierno francés propulsa una serie de leyes proteccionistas que abogaban por un cine más experimental. La coyuntura política colaboró a la proliferación de cineclubs, los cuales van ganando adeptos. De esta manera, una sociedad cinéfila empieza a tomar forma y un cine de ‘arte y ensayo’ hace mella en un espectador que se ve conmovido por esta nueva propuesta. De repente, la cámara liviana y la filmación en escenarios naturales no solo dan un enfoque más realista, sino que permiten filmar bajo condiciones económicas mucho más accesibles.

Mayo del ‘68 fue, con seguridad, aquel estallido de una nueva sociedad que perseguía cambiar el orden establecido bajo normas obsoletas y autoritarias. Un cambio de mirada era necesario para poder apreciar un mundo cambiante, naciendo de los escombros de la guerra. En este sentido y paralelamente a como ocurre siempre en el arte (de la mano con las transformaciones que sufre el hombre, éste lo espeja), desde su trinchera, el cine persiguió esa pequeña revolución. Las páginas de una célebre revista se convirtieron en dardos certeros que apuntaban al corazón de un cine industrial pronto a ser despojado de su trono.

La Nouvelle Vague: El cine como ejercicio crítico

Un cine de denuncia puede entenderse como aquel que cuestiona la realidad, que se coloca en un lugar incómodo para sacudirnos y que, lejos de conformismos, otorga primordial atención a aquellas voces marginadas de lo que llamamos sistema. Pensemos en movimientos como el neorrealismo en donde el protagonsita de aquellos relatos era un ser humano común y corriente, con el que el público fácilmente lograba identiicarse. Ya no se trataba, entonces, de inalcanzables estrellas vestidas de héroes.

Históricamente, la crítica cinematográfica construye su mirada a partir de este tipo de cine, en donde el compromiso ideológico acompaña la búsqueda estética en un todo autoral, consolidando el posicionamiento ético de cada realizador con el fin de pronunicarse sobre aquello que sucede en el mundo y está mal o lo conmueve.

El cine es ese territorio en donde el director se encuentra libre en su hábitat, en búsqueda de plasmar las obsesiones, los sueños, los recuerdos y los deseos que mueven su existencia. Se trata de transgredir la propia experiencia del acto creativo para subvertir la mirada ofreciendo el discurso cinematográfico a disposición que lúdicamente se dispone a jugar con lo verdadero y falso del lenguaje (he aquí el carácter ilusorio del cine como arte), pero con una profunda conciencia de desafiar los límites que lo establecido impone.

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