RINCÓN CINÉFILO: “En busca de la esencia cinematográfica”. Por MAXIMILIANO CURCIO

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LA IMAGEN FIJADA EN EL TIEMPO

Pensar acerca de la esencia del arte cinematográfico y de como éste ha testimoniado la evolución del hombre de su tiempo ha sido la tarea de numerosos críticos y teóricos especialistas. Con ojo crítico, las siguuientes reflexiones intentan arrojar luz sobre ciertos aspectos fundamentales de la técnica, el arte y la industria cinematográfica

La motivación de este ejercicio radica en concebir al cine como un fenómeno primordial de nuestro tiempo. El cine, con sus imágenes en movimiento y sus encantadores universos de ficción, continuará seduciéndonos por siempre. Sin embargo, es válido también concebir este lenguaje como un instrumento necesario para conocer nuestra realidad histórica, social y cultural, valorando su inmenso poder didáctico.

1. UN ARTE EN CIERNES

Es imposible desligar la evolución del cine en su historia de la transformación que ha sufrido la sociedad de su tiempo, cultural y tecnológicamente, a lo largo del siglo XX.

Los comienzos del cine datan de hace más de un siglo, más específicamente desde el 28 de Diciembre de 1895. La historia cuenta que en la ciudad de París se proyectó la primera película de forma comercial, obra de los pioneros hermanos Lumière: “Salida de los obreros de la fábrica”. Estos primeros intentos de plasmar la imagen en movimiento dieron como fruto el nacimiento de un nuevo arte, bajo la forma de un cine documental que simplemente mostraba –sin ninguna intención de desarrollar una narrativa de ficción- sucesos civiles, públicos y políticos.

Cabe mencionar que los orígenes primitivos del cine como tal, datan de mucho antes. Todos ellos intentos frustrados en pos de reproducir la realidad. Sin embargo, poco tiempo después a la novedad presentada por los Lumiere, el ilusionista francés Georges Méliés (realizador de la icónica Viaje a la Luna) sería el encargado de transformar aquella realidad en pura magia y deslumbramiento. Por primera vez, historias irreales y fantásticas llegaban a la pantalla para fascinarnos. Mediante una serie de trucos y juegos más bien rústicos con la incipiente gramática del lenguaje, había nacido el cine de efectos especiales.

Luego llegaría otro hito fundamental: la película “Asalto y Robo a un Tren”, de Edwin Porter. Esta fue la primera película que se aventuró a realizar un tratamiento dramático del montaje cinematográfico, alterando tiempo y espacio con el fin de conseguir un dinamismo en el relato que atrape al espectador bajo cierto desarrollo argumental sólido. Años más tarde llegaría el genial D. W. Griffith para elevar dicho tratamiento del lenguaje a una sofisticación impensada en “El Nacimiento de una Nación”. Mientras tanto, las primeras corrientes de la teoría y la crítica buscaban descifrar la esencia del cine como arte.

2. EN BUSCA DE SU IDENTIDAD

Riccioto Canudo, un célebre pensador italiano, fue quien lo bautizó como ‘Séptimo Arte’, bajo aquel lúcido Manifiesto que firmara en 1911. La denominación otorgada por Canudo se ha perpetuado hasta neustros días y la visión de este teórico ha resultado vital para explicar el profundo sentido vanguardista del cine desde sus comienzos. Profundo defensor de aquella novedad llamada  cinematógrafo, el italiano fue un pionero que logró poner en palabras la esencia cinematográfica como arte. El cine traía consigo una novedad que ninguna otra expresión artística ofrecía: podía manipular tiempo y especiao a través de la imagen en movimiento. Según el creador de la famosa frase, el ‘séptimo arte’ se convertía en la máxima expresión artística, sintetizando todas las artes que le precedían: Arquitectura, Pintura, Escultura, Música, Danza y Poesía.

El próximo gran invento que el Cine conocería fue la llegada del sonido. En 1926, los estudios Warner desarrollaron un sistema denominaron Vitaphone. “El cantante de jazz”, de Alan Crosland, estrenada en 1927 inauguraría un nuevo y definitivo amanecer para la historia de la cinematografía. Con la eclosión de las vanguardias y en búsqueda de nuevos horizontes creativos conoceríamos la cámara liviana y, años después un impacto casi tan grande como la llegada del cine digital, a las puertas del nuevo milenio. Un hecho que cambiaría para siempre la reproducción, exhibición, distribución y comercialización del séptimo arte.

Todos estos avances técnicos mencionados se ubican dentro del marco cronológico en donde el cine evoluciona su lenguaje y los instrumentos utilizados para plasmar en pantalla la imagen en movimiento, con un denominador en común: el cine es inmejorable testigo del transcurso del siglo XX y de las transformaciones que el hombre moderno sufre. Un tamiz del espíritu de su tiempo que mediante el discurso audiovisual plasma los procesos históricos y los cambios culturales que acontecen.

El cine se vincula a la práctica social de forma innegable y la reproducción de las imágenes nos habla de una puesta en conflicto de la problemática. Allí está la cámara del director para mostrar su visión del mundo que lo rodea, con sensibilidad, compromiso, rigor estético y absoluta subjetividad. De esta manera, la cámara se convierte en un instrumento para que el cineasta exprese su mirada del mundo, otorgando así sentido a su arte.

4. LA POESÍA DE PERPETUAR LA REALIDAD

El turbulento desarrollo del siglo XX a nivel histórico fue de la mano con el progreso del cine como arte joven, atravesando rumbos cambiantes hacia su propia validación como expresión artística, desligándose de las voces que lo ubicaban como un arte menor, sucedáneo del teatro y de la literatura. Artes que, por otra parte, el cine establecerá una comunión por siempre, nutriéndose de ellas. Un siglo después de que la imagen haya cobrado movimiento, el cine y la historia siguen tejiendo cercanas relaciones, convirtiendo al primero en un excelente recurso audiovisual para testimoniar al segundo.

Desde las tempranas décadas del siglo XX, la sociedad industrial comienza a transformarse y las ciudades a avanzar de forma directamente proporcional al vértigo de los tiempos que corren. Las reglas de este nuevo mundo convierten al cine en un medio masivo e inmediato, ya erigido en una maquinaria industrial indetenible. A partir de su legitimación del lenguaje como tal y teniendo en cuenta que arte y entretenimiento siempre pujaron en más de un sentido, acaso existen herramientas y procedimientos que colaborarán en agudizar nuestra capacidad de percepción sobre la cinematografía como fenómeno social.

De manera que el cine hace participar de forma activa, en su evolución constante, al espectador. En su corto períodos de vida (exiguos 120 años) en términos de arte, el cine busca transgredir sus propios límites con la perenne necesidad de reinventarse. Ese regreso a las fuentes permitió la existencia de movimientos como el Free Cinema, la Nouvelle Vague o el Dogma 95. Ya sea por razones estrictamente industriales o por búsquedas estéticas determinadas, el espectador –siempre- tendrá la última palabra.

5. EL ESPECTADOR CINÉFILO

¿En dónde reside exactamente la magia de la sala a oscuras? ¿Conserva el cine el mismo encanto hoy día que hace un siglo ya? ¿De qué manera impactan las nuevas formas de consumo sobre aquella sana costumbre de ir al cine? ¿Qué se conserva hoy de aquel mágico ritual inmortal?

Las imágenes reproducidas en todo tipo de pantallas móviles y domésticas han llevado al cine hacia un peligroso terreno impersonal y superfluo. Cierto es que, la concepción del cine como entretenimiento popular a lo largo de las décadas ha cambiado exponencialmente y así lo será por siempre. Existe una palabra fundamental que debemos conocer para intentar explicar un posible sentido de esta fascinación, que renace en su encanto cada vez que ingresamos a una sala cinematográfica: la cinefilia.

El cinéfilo es alguien que comprende el cine como un hecho absolutamente poético y que se apasiona fervientemente por la era clásica, de la cual consume con avidez a todos sus autores y obras maestras conocidas como tal. ¿Por qué amamos al cine?  La relación amorosa que un espectador establece con el cine, queda plasmada en esta mágica palabra que celebra un amor indeleble. La cinefilia como práctica se comprueba fácilmente explorando la historia del cine. Ver una película no nos habla, únicamente, de un acto de contemplación. Es un acto de compenetración emotiva y compromiso intelectual.

La cinefilia busca encontrar aún su lugar en medio del difuso panorama actual, donde la oferta es tan variada y las reglas del juego, a veces, impiadosas. Tiempo atrás, su naturaleza fue ostensiblemente distinta. A partir de las corrientes críticas surgidas en los años ’50, ver películas se convertirá en escribir, pensar y construir nociones sobre ellas.

Así, el lenguaje trasciende hacia otra dimensión y el cine se convierte en un territorio fértil para recrear la propia identidad (del cineasta, del crítico y del espectador) concibiendo tal práctica como una forma de relacionarse con el mundo y el entorno. Aunque poner en palabras la pasión resulte un desafío sumamente complejo.

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