PULSOS: “En el jardín”. Por A.L. Ziko

Al llegar a la entrada de la finca, Amalia, Ernesto, Lidia y Víctor, llevaban en silencio alrededor de cuatro horas. Desde el momento en que los hermanos subieron a la camioneta que los alejaría de la ciudad para acercarlos al lugar de la cita, ninguno había emitido palabra alguna.

La vida había cambiado vertiginosamente para ellos en los últimos meses y, muy enfáticamente, en los últimos días. La muerte de Alejandra, la menor del clan, había abierto profundas grietas entre los hermanos, que habían sentido como sus lazos se abandonaban a las sospechas y desconfianzas más profundas e inesperadas. De pronto, se convirtieron en desconocidos. Y sin embargo, nada de esto les impidió, en la travesía incierta y descolorida que los reunía, sumergirse en selectos recuerdos de lo que había sido la vida para todos alguna vez. De hecho, se los facilitaba..

En aquel tiempo tan lleno de preguntas y ninguna respuesta, Víctor, el más cercano a Alejandra, y el más afectado por la repentina e inquietante muerte de su hermana menor, se abrazó a los incontables veranos al cuidado de los abuelos maternos, en su finca de las afueras de la ciudad. Una y mil imágenes se exhibían desnudas frente a él… Recorrió los frondosos jardines, los altísimos árboles con sus copas inclinadas por los vientos y los tiempos, observó las nuevas flores con todos sus colores… Sintió el perfume en su nariz… Y de repente, vio como Alejandra aparecía corriendo entre los pastos crecidos, cantando y riendo, con un arreglo floral recién hecho por sus manos en su largo cabello, y se levantó a recibirla y festejar su alegría. Aquella tarde, Víctor tuvo la certeza de que la luz de Alejandra lo acompañaría por siempre, y sin ella, se sentía oscuro y desvalido. Ella era para él esa fuente inagotable de frescura y energía a la que siempre volvía buscando una nueva oportunidad. A veces debía suplicar a su hermana por su atención y cariño, ella incluso le rehuía, pero él siempre conseguía que ella le diera lo que él quería. Víctor movió bruscamente la cabeza, como si algo lo hubiese despertado de golpe, pero llegó a advertir como una inesperada sonrisa asomaba por la comisura de sus labios.

Lidia, con la mirada ausente y perdida hacia delante, recordó las noches en las que los hermanos se alternaban contando historias de terror bajo carpas improvisadas con las sábanas, cuando sus padres apagaban las luces y daban la orden de ir a dormir. La mayor de las mujeres sufría desde pequeña de algunas fobias, pero para el momento en que su familia se anotició, el cuadro psíquico de la joven era mucho más complejo, y formaba un sólido cóctel que incluía ansiedad, angustia, y ciertamente, rasgos paranoides. Lidia recordó en aquellas noches de juego y terror, sus primeros sentimientos inexplicables y desconcertantes. Por las noches abría los ojos y fantaseaba con dar vida a cada uno de los cuentos que se narraban antes de ir a dormir. Si bien la medicación había ayudado a corregir las perturbadoras alas de su mente, jamás había podido renunciar a estos impulsos, y siempre supo que más tarde o más temprano, su mente y sus manos encontrarían el camino para expresarse en el mundo real, y así conseguir su ansiado alivio.

Amalia siempre se debatió entre rabiosos e incontrolables celos hacia sus hermanos, y un amor descomunal e imprescindible. Todo en ella era exacerbado, lo que a su vez le otorgaba cierto halo de gracia y dramatismo. En tiempos adolescentes, las largas horas en la plaza después de la escuela, eran su momento favorito de la semana. Los hermanos y todos los amigos se congregan a conversar sobre las últimas bandas de rock que asomaban, rendir culto a las ya consagradas, escuchar cassettes grabados de la radio, y por supuesto, criticarlo todo y con absoluto entusiasmo. Alejandra fue la primera en traer una guitarra a aquellos encuentros. Se pasaba buena parte de sus tardes aprendiendo los acordes de aquellas canciones favoritas que los viernes gritaban todos enardecidos desde el mismo rincón de la misma plaza. Así fue como Miguel se enamoró de ella. Viéndola deslizar sus dedos por aquellas cuerdas, como si fuesen el terciopelo más delicado y exquisito de este mundo. Amalia nunca pudo confesar a su hermana cuanto amaba a aquel muchacho. Incluso años después, cuando Miguel se convirtió en su marido y Amalia siguió amando en silencio. Un mal día, Miguel abandonó la vida sin quererlo, y Amalia nunca dejó de culpar a Alejandra por aquella pérdida. Pero hoy ya no importaba. Ninguno de los dos estaba allí. Amalia dirigió la mirada hacia el costado, y apretó con fuerza el pañuelo entre sus dedos…

Ernesto, el mayor de todos, siempre había sido el duro, pero también el más protector. Ocultaba secretos inconfesables, pero a los ojos de su familia, siempre había sido el ejemplo a seguir. O al menos así lo habían establecido sus padres, mucho antes de que supiera quien quería ser en la vida. Al día de hoy, no estaba seguro ni de cerca. Con sus manos rígidas sobre el volante y la mirada hundida en el camino, se perdió en las cenas de fin de año, en las Navidades, las fiestas…la vida en familia que tanto había disfrutado y que, de golpe, se había convertido en un recuerdo que perfectamente podía pertenecerle a alguien más, y no a él. Sobrevoló en su mente aquel recuerdo al que nunca le abría la puerta. La de aquella cena de cumpleaños de su padre, en que la familia dejó de ser lo que aparentaba ser, para siempre. Pero una vez más, el mayor de los hermanos cerró la puerta a aquel oscuro y ultrajante recuerdo.

Ernesto entró la camioneta a la envejecida finca que todos conocían, cerca de la casa, y detuvo el motor. Las luces del día se apagaban, y el alumbrado era prácticamente nulo. Ernesto optó por dejar los faros del vehículo encendidos.

Fabián, el último de los hermanos y quien les había dado cita allí, no había aparecido en los recuerdos de ninguno en el tiempo que duró el viaje. Pero ese detalle jamás pudieron compartirlo. Ernesto abrió la puerta, y todos entraron detrás de él. Dejaron atrás el recibidor y se abrieron paso hacia el viejo comedor. Una bombilla de luz parpadeante era la única iluminación que daba vida al lugar. Entre sombras, solo se advertían una mesa, dos sillas, y un viejo sillón desvencijado al fondo. En el conjunto, todo se pronunciaba como un sitio sucio, descuidado y abandonado, y en el denso aire se sentía como si solo fantasmas habitaran el lugar. Llamaron a Fabián, pero nadie contestó. Insistieron. Fabián se había convertido para todos en un personaje temible y al que nadie quería acercarse, ni saber de él. Jamás lo veían, y nadie sabía de qué vivía ni cómo. Alejandra era la única que no le temía ni rehuía. Siempre había intentado mantenerse cerca de él, pero a veces lo permitía y a veces no. Un día, agotada, se dio por vencida. Y lo dejó partir. Pero Fabián nunca la olvidó. Ni la perdonó.

Hacía muchos años le habían donado la vieja y desvalorizada finca familiar para que hiciera allí lo que quisiera, sin molestar a nadie. Cada tanto se anoticiaban de algún problema o algún escándalo, pero hasta ahora habían podido eludir todo tipo de responsabilidades y requerimientos hacia su persona. Pero Fabián tenía problemas serios, y todos sabían que algún día iban a tener que enfrentar el tema y resolverlo de alguna manera. Tal vez, había llegado el día.

Amalia se acercó a la mesa, y tomó un sobre amarillento que reposaba sobre un viejo libro. Al extraer la nota en su interior, leyó en voz alta para todos: -“En el jardín”-.

Los hermanos se miraron, y un velo de temor y angustia los envolvió. Todos entendieron que a partir del minuto siguiente, ya nada sería igual para ninguno. Y no se equivocaron.

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