CRÓNICAS DE UN MELÓMANO: Parque Rivadavia. Por CARLOS AVALLE

Allá por los comienzos de la década del ´80 cualquier melómano que se preciara de serlo, no tenía otra chance que concurrir al Parque Rivadavia y reunirse a charlar y cambiar discos de vinilo con sus pares.

La cita era los domingos por la mañana. Al principio no sumábamos más que una veintena de personas, y la cita era en el centro de la plaza. Nos unía el gusto por la música y en un principio solo se trataba de contar historias de músicos y vivencias personales sobre algún recital, alguna nota en una revista, algún dato que llamara la atención de los concurrentes.

Ahí conocí a una cantidad de personas que el tiempo los mutó en personajes. Músicos, noctámbulos, dueños de disquerías que llegaban al parque a conseguir incunables, borrachines, drogones, mentirosos. Ambiente bohemio por antonomasia. En fin, una congregación de individuos de naturalezas varias.

Con el pasar del tiempo, la voz se fue corriendo y el lugar comenzó a poblarse de muchos fanáticos de la música y obviamente de gran cantidad de curiosos. La cita del domingo por la mañana era un rito que había tomado una trascendencia impensada. Ya comenzada la década del ´90, todo eso se había convertido en una feria de compra-venta-trueque de dimensiones muy importantes. No solo concurría gran cantidad de público, sino que también se formó algo así como un enorme paseo de compras al aire libre. Podía toparme con músicos y bandas que llegaban para promocionar o vender sus discos recién editados, a comerciantes que montaban un stand repleto de vinilos, ocasionales bagayeros que aprovechaban el auge de los importados para hacerse la diaria, pibes que buscaban el mango para la semana, etc.

Hubo hasta pequeños recitales alrededor de algún monumento.

Obviamente a medida que aumentaba la concurrencia, comenzaron a llegar las denuncias de los vecinos,  por el alboroto que ocasionaba esta feria y por el estado calamitoso que tenía la plaza después del encuentro. Consecuentemente, las autoridades municipales y la policía comenzaron a llegar con frecuencia, cada uno de ellos con sus propias apetencias. Esto trajo como consecuencia que los primitivos grupos de melómanos migraran hacia otros lugares.

Aún hoy reverberan en mi cabeza el sonido y las imágenes de los puesteros guardando apresuradamente su mercadería y sus desbandes incontrolables. Todo una película.

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