PULSOS: “La Mañana” por A.L. Ziko

Autor de la obra imagen de portada:
Ernest Descals

Cuando el sonido cuasi melódico del ringtone-despertador del móvil se coló por los tapones en sus oídos, la luz del día ya había tomado la habitación entera. Por suerte, el antifaz que completaba el equipo de dormir, le permitía creer en la noche por un rato más… hasta que la melodía de la alarma programada lo dispusiera.

Como cada mañana en los últimos tiempos, las dos primeras cosas se disputaban la prioridad en su mente: por un lado, la sensación de haberse acostado a dormir y haber despertado al minuto siguiente, sin una gota de descanso tal que su cuerpo pudiera registrar. Por otro, el recurrente dilema de intentar arrojarse a un sueño, aunque volátil, por unos minutos más. En su fantasía, todo el devenir del día dependía del sabor de ese primer instante en que los ojos saludaban tímidamente al mundo. Si unos instantes más de sueño eran capaces de cambiar la forma en que se percibía aquel comienzo, bien valía la pena el intento.

Pero él sabía que ese intento era casi en vano. Casi nunca lo conseguía. Porque, cuando los ojos miraban, el día ya tenía su primer recuerdo. Su primera huella. Su primera marca.

Y cuando eso ocurría, solo restaba…acompañar los sucesos que se desencadenarían a partir de aquel instante.

El dilema tomó más o menos el mismo tiempo de cada mañana, y su cuerpo buscó la mejor posición para incorporarse.

Descalzo, se dirigió al baño. Sin mediar pensamiento, tomó el cepillo dental y la pasta, y ejecutó la danza higiénica de cada mañana, la que tenía lugar cuando los dilemas preliminares quedaban atrás.

Se distrajo con su torso desnudo en el espejo. Se observó. No tenía la costumbre de mirarse. De repente, tuvo la sensación de que el tiempo había transcurrido más rápido de lo que había alcanzado a notar. No sintió la menor tristeza, ni tampoco alegría. Le pareció que la piel había perdido algo de color, tal vez firmeza, y notó dos o tres lunares que no recordaba haber visto antes. Quien sabe desde cuando estarían allí.

-“El tiempo”-, pensó.

Y agregó:

-“Los años”.

Y unos segundos después, sus labios se movieron:

-“Mis años”-.

Sus ojos se deslizaron hacia arriba, obligándolo a encontrarse consigo mismo en el espejo. Le pareció que su semblante era opaco y gris, y falseó una sonrisa. Rápidamente abandonó el gesto. Como si la culpa se apoderara de él. Trató de recordar cuando había sonreído por última vez. Con quién. Dónde estaría. A su boca se le escapó una mueca de congoja. Y con tristeza reconoció que evocar aquel recuerdo era un imposible.

Quiso levantar la mirada nuevamente, pero alguna fuerza interna no se lo permitió.

Se quedó inmóvil unos segundos, esperando retomar el control de sus actos. Pero sus tiempos, una vez más, quedaron a merced de otros tiempos, que no eran los suyos.

“Papá! Papá!”-, llamó Martín.

Y su cuerpo se repuso de inmediato, dejando en pausa el torrente interior, hasta el próximo encuentro en el espejo.

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