OPINIÓN: ¿Por qué nos emociona la literatura?. Por MAXIMILIANO CURCIO

Introducción

¿Qué es aquello que buscamos cuando leemos un libro? La incerteza de la respuesta a esta pregunta esconde, irónicamente, el significado de dicho interrogante atávico. El arte nos emociona y la curiosidad por encontrar respuestas estimula nuestro intelecto, he aquí la clave primordial: la eterna búsqueda de una respuesta que jamás sabremos con certeza.

Afortunadamente, una próxima inquietud enriquecerá la travesía del intelecto. Se percibe que el ciclo no tiene fin. Por otra parte, el psicoanálisis y la filosofía entienden al respecto, como lo demostrara el filósofo T. W. Adorno. Recordemos sus palabras: “El arte conoce la expresión de lo que no tiene expresión, el llanto al que faltan las lágrimas”. Aventurémonos a cinco probables abordajes.

1. El escritor invisible y una literatura de la historia

En 1938, Paul Valéry escribió: ‘La Historia de la literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor’. Un siglo antes, allá por 1844, en el pueblo de Concord –en Massachusets, muy cerca de donde nació- Ralph Waldo Emerson había escrito: ‘Diríase que una sola persona ha redactado cuantos libros hay en el mundo; tal unidad central hay en ellos que es innegable que son obra de un solo caballero omnisciente’ (R.W. Emerson: Essays, 2, VIII). A propósito de Emerson y Concord, ¿recuerdan su poema ‘Concord Hymn’?.

2. La poesía como acontecimiento del lenguaje y el poema como actualización del ejercicio literario.

Mary Shelley (la autora de Frankenstein, nada menos) opinó que “todos los poemas del pasado, del presente y del porvenir, son episodios o fragmentos de un solo poema infinito, erigido por todos los poetas del orbe” (A Defence of Poetry, 1821). Si lo relacionamos con las palabras del pensador francés George Bataille no caben dudas que la propia poesía tensa su hilo temporal construyendo una trama propia, inquietante e ingobernable en su cauce. Bataille, contundente como siempre, afirmo: “El movimiento de la poesía parte de lo conocido y conduce hacia lo desconocido”. Está todo dicho.

3. La literatura desde el deseo (cuatro relatos eróticos).

El semiólogo Roland Barthes afirmó sin dudarlo: “El lenguaje es una piel. Yo froto mi lenguaje contra el otro. Mi lenguaje tiembla de deseo”. Palabras contundentes. Emblemas de nuestra literatura como Juan José Saer, Rodolfo Fogwill, Inés Garland y Mariana Enríquez bien podrían estar de acuerdo con esta afirmación. A lo largo de las últimas cinco décadas de nuestra literatura, cuatro escritores argentinos de los más destacados conocieron igual cantidad de formas de narrar el deseo en primera persona. Se recomienda con prudencia la lectura de las siguientes obras: “Sombras sobre vidrio esmerilado” (1967), “La larga risa de todos estos años” (1983), “Una reina perfecta” (2008) y “Dónde estás corazón” (2009).

4. Lo siniestro de la literatura gótica: mi amigo monstruo.

Lo horripilante puede ser proporcionalmente grotesco. También sutilmente ambiguo. Pero tan antiguo como el mentado doppleganger fantasmagórico que instauró este estilo literario, la imagen que devuelve el espejo convierte al ser humano en una criatura aún más siniestra. Reflexionemos acerca de las palabras de Daniel Link: “El monstruo gótico aparece en un campo simbólico cuyo nombre es la Muerte, o mejor, en un campo simbólico cuyo eje de organización es la muerte”. Es sabido, no tenemos salida. La tentación es tal que, sin embargo, volvemos a revisitar a Edgar Allan Poe en “La caída de la Casa Usher”, a Leonora Carrington en “Conejos blancos”, a Guy de Maupassant en “El Horla” y a H.P. Lovecraft en “Montañas de la locura”. Aquella tentación irresistible. Orfeo también hubiera volteado atrás para ver…

5. Mi Otro Yo: una posible interpretación de la obra de Gabriel Bañez          

De la disputa entre individuo y comunidad se constituye una suerte de somos. No podemos desligarnos del otro. Ese otro existe, nos afecta, nos condiciona, nos completa. La vida en sociedad no permite librarnos de nuestro prójimo. Aún a costa de aquel semejante y todo lo que su influencia en nosotros determine. Bajo dicha ecuación se prefigura una especie de todo. Esta pugna no exime cierta complejidad en su análisis y en lo tenso de su propio núcleo reside parte de la obra de Gabriel Báñez en la búsqueda de ciertas pistas que intuyan un sentido. Porque sus universos transitan estas cuestiones existenciales. Para el destacado autor es en estas zonas grises, justamente, es donde se movilizan ciertas formas de amar, de relacionarse, de agredirse, de tolerarse…en definitiva, de vincularse. Esa comunión no permite intimidad alguna, y la literatura lo deja expuesto. Lo que aflora es inapelable y se conjuga de forma incontrastable a lo largo de su vasta obra. Bien vale leer “El circo nunca muere”, “Hacer el odio”, “Los chicos desaparecen” y “Virgen” para tomar magnitud de estos temas universales. ¡Cómo se extraña su fina pluma!.

Conclusiones

Saber cómo funcionan las emociones en la literatura depara más de una inquietud y, por fortuna, en lo imprevisible de dichas emociones se tejen, subjetivamente, una red invisible de incontables posibles interpretaciones acerca de la lectura. Por un lado, indudablemente, el acercarnos a un mundo ficcional nos abre la puerta a un mundo que no hubiéramos conocido sin la mirada de ese otro que ahora nos posibilita ser parte. Por otra parte, el hábito de la lectura articula un efectivo acercamiento intelectual como ejercicio que activa los mencionados mecanismos de la interpretación. Para lo cual es necesario la empatía. Allí está el otro, allí está el goce, allí está lo monstruoso, allí está la poesía.

La trama cobra forma. Y esa identificación sólo es posible si nos entregamos al placentero viaje y nos situamos, al menos por un rato, bajo la piel de aquel personaje que concreta la fantasía de nuestro autor. Involucrarnos genera esta relación tan atractiva entre autor y lector sobre la cual se han escrito cientos y cientos de páginas. El impacto emocional no nos dejará indiferentes y el puente trazado se presume inquebrantable. La alquimia se cumple cada vez que abrimos un nuevo libro: la curiosidad se transforma en fascinación.

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