CLÁSICO Y…: “Sonata de Otoño” de Ingmar Bergman. Por HÉCTOR SANTIAGO

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¿Quién no se preguntó sobre el amor de la madre o del padre? ¿Acaso no tiñeron de manera indeleble nuestra infancia las caricias de nuestros padres o sus ausencias? ¿Cuántas veces anhelantes esperamos la llegada de uno u otro? ¿no hemos deseado intensamente su reconocimiento y aprobación? ¿es una falacia sostener que cada hijo, sea la época que sea, acepta tener algún pendiente, pregunta u aclaración con alguno de ellos? ¿Y qué decir de nuestros celos inconfesables ante la evidencia de que nosotros no eramos los destinatarios exclusivos de sus amores? ¿no hemos sabido en carne propia o de personas cercanas lo que es sufrir el desamor de un padre o una madre?

En incontables manifestaciones de nuestra afectividad e intelecto solemos descubrirnos herederos o, por el contrario, discrepantes de sus actitudes e ideas. Es muy probable que lo anterior y algunas otras cosas propias de la compleja relación entre padres e hijos (en el caso de nuestra película madre e hija) que quedan plasmadas en Sonata de Otoño sean en parte las responsables de que el film nos atrape, conmueva e identifique de una u otra manera con alguno de los protagonistas. 

La película no pertenece al género musical pero la música ocupa un lugar preponderante en ella. Forma parte del núcleo temático, a su manera protagonista y a la vez, elemento indispensable del lenguaje cinematográfico bergmaniano. Sonata de Otoño no constituye una ocasión para que su director -guionista y director del film- haga uso de una cámara y tomas particularmente sorprendentes o sofisticadas. Es una obra con una sola locación: la casa habitada y en poquísimos momentos el entorno que la rodea. Esa limitación de escenarios donde transcurre la película en realidad no es austeridad sino estricta adecuación al argumento. Se trata del espacio de la intimidad propio de una confesión y confrontación entre madre e hija.

Más aún, la aparente parquedad de recursos se compensa con una impecable elección de tomas: abundantes primeros planos de los rostros de los protagonistas en ocasión de soliloquios, de momentos de desesperación o silencios desgarradores, primeros planos del personaje que habla con fuera de foco para el protagonista del que se habla, logrando de esa manera que el espectador vea y reconozca la distancia y el carácter no fotográfico del relato respecto de la persona a la que se hace referencia. Utilización de flashback con varias tomas sin profundidad de campo que dan cuenta de la borrosidad de los recuerdos y a la vez completan el desarrollo argumental, proporcionando antecedentes indispensables para hacer verosímil el relato sobre el presente.

Destacamos de paso que el manejo de la luz a lo largo del film está asociado a la atmósfera psicológica que se desarrolla con la llegada de la madre: frecuentes claros-oscuros que acompañan los desencuentros emocionales entre Eva y  Charlotte, presencia de pequeños rincones de luz artificial rodeados de semiocuridad u oscuridad completa que permiten destacar los rostros de los personajes y escasos momentos con luz plena generalmente asociada a conversaciones apacibles sobre cuestiones menos trascendentales o siguiendo alguna actividad cotidiana. Una cierta penumbra inunda también cada uno de los flashback con los que el pasado se hace presente con su dolorosa y angustiante carga.    

Estaremos de acuerdo en que una película confinada a desarrollarse en los espacios de una casa familiar, con sólo cuatro protagonistas y una trama tejida alrededor de la disputa entre madre e hija, requiere tener una trama argumentativa bien construida de manera tal que cimente progresivamente el conflicto y el desenlace al tiempo que permite la evolución de los personajes. Esto último sucede asociado a un trabajo actoral de una calidad sorprendente. Ingrid Berman, Liv Ullmann y Lena Nyman personifican el trío parental de madre e hijas que sostiene el conflicto con un enorme virtuosismo actoral. Sus rostros encarnan desde las emociones más lacerantes hasta las sutiles huellas que puede dejar en la comisura de los labios un desacuerdo no explicitado con el otro o el temblor de las mejillas que produce la evocación un momento lastimoso.

Pocas veces tan adecuado el uso del término “riqueza expresiva” para denominar una perfomance de los alcances de los protagonistas de este film sobre el otoño de los afectos. 

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