CLÁSICO Y…: EL RESPLANDOR de Stanley Kubrick. Por Héctor Santiago

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Bastaría solo con las tomas cenitales del comienzo de la película, el travelling del triciclo del niño y la huida de Danny a través del laberinto para reconocer que la película está hecha por un autor talentoso. Pero resulta que toda la obra es de una armonía sorprendente: banda sonora, lenguaje visual, escenografía, color de los diferentes ambientes y dependencias del hotel, actuaciones, evolución de los personajes y un guión de un impecable crescendo, todos ellos factores que se amalgaman a la manera de las piezas de un reloj.

La toma cenital del comienzo siguiendo el recorrido del automóvil por una ruta escarpada que recorre montañas y bosques simultáneamente. Desde un principio nos envuelve en una atmósfera de riesgo e incertidumbre. Y poco a poco a ese clima se le suma una sensación de amenaza y vulnerabilidad. Los personajes se mueven y por momentos deambulan en espacios de una magnificencia arquitectónica que los empequeñecen, al tiempo que le otorga al hotel un cierto poder sobre sus tres circunstanciales habitantes.

Con una feliz economía del lenguaje hablado y apoyándose fundamentalmente en imágenes que traen al presente sucesos pasados o alucinaciones y gestos y expresiones de los protagonistas, crece el suspenso y se instala el terror. El director se vale de planos secuencias, travelling y primeros planos para situarnos entre los personajes y asumir sus subjetividades.

Recorremos los pasillos del hotel ubicados en el mismo nivel de Danny, contagiándonos así de su alarma y terror. Nos sobrecogemos con el sonido que acompaña al triciclo cuando de manera intermitente avanza sobre mosaicos y alfombras. Participamos de la persecución del niño, convirtiéndonos en testigos tanto de la demencia del padre como del pánico del hijo. Y esa cacería frenética que intenta Jack se realiza en el laberinto, espacio que también funciona como metáfora de las circunstancias agobiantes que padre, madre e hijo viven en el intrincado hotel y de las que en principio no hay explicación ni salida alguna.

Digamos de paso que, respecto del espectador y su comprensión de los sucesos narrados , Kubric deja rastros a lo largo de la película que podrían dar razón de ese mundo opresivo que enfrentan los protagonistas. Entre ellas el asentamiento del hotel en un antiguo cementerio de los pueblos originarios, una foto donde aparece un joven Jack datada en el 4 de julio de 1921, fecha de la conmemoración de la independencia de E.U. o la confesión del propio protagonista respecto de la violencia que ejerciera en un pasado inmediato contra su hijo Danny.

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