FICCIONES: “Cuando el silencio habitó la casa”, por Viviana Ibrahim

A Normando y Omar

Con apenas siete vueltas alrededor del sol permanece en el ático. La congoja del cielo se tomó un descanso, pero hay gotas que agonizan sobre el vidrio para precipitarse luego, una tras otra, sobre la pila de noticias viejas.

Sentado en el suelo con las piernas cruzadas, un dedo da batalla al barro coronario de zapatillas rasgadas. La vista en la ventana atraviesa ramas, se entrecierra o abre inmensa ofreciendo un sereno verde mar; acompaña el bamboleo su cabecita enrulada. Se levanta y da pelea a ese gato entrometido que veloz se escurre escaleras abajo. Agita los brazos, espadas de golpes certeros sobre maderas y leños. Festeja la victoria con saltos olímpicos y copas ganadas para sentarse nuevamente de frente a la arbolada. El soldadito lo observa desde que atravesó el umbral, espera que lo inviten, pero hoy, hoy parece que no hay ganas.

El aroma del pan, horneado en la cocina a leña, impregna la casa de espera. Un creciente bullicio se cuela por la puerta. Se pone de pie y con cuidado pega la oreja contra ella. Trepa las montañas de revistas, diarios y hojas sueltas y con la ayuda de las manos que rozan apenas el marco de madera, logra que sus ojos, como posados en un reglón, espíen el extenso camino que lleva al río. Hay un tiempo que se acerca. Ahí están su tío, su madre y su hermano que se abrazan y besan. A lo lejos divisa la silueta de su padre que, en la orilla, desamarra la lancha isleña.

Cuando el silencio habitó la casa empezó su acto. Buscó en los bolsillos la cajita de cerillas y el palito atesorado. Con movimientos estudiados deslizó varias veces el fósforo hasta lograr el milagro. La llamita encendida se posó en el extremo de la rama seca y con ademanes robados encendió su cigarro. El humo formaba nubes portadoras de sueños claros, era grande y conversaba de lo más entusiasmado. Se paseó de lado a lado dando exagerados pasos, mientras le sonreía a personajes imaginados. El llamado de su madre hurtó de un tirón su fantasía. Tiró el palito casi consumido y contestó. Desde el primer peldaño giró para ver su rastro, una diminuta chimenea se gestaba entre los diarios. La voz insistente de su madre lo obligó a bajar corriendo y sentado en su regazo tuvo miedo de avisar.

Los minutos transcurrieron entre pan y telenovela, pero él se negó a probar bocado. El atardecer los sorprendió con llamas que asomaban por el ático y los gritos de una desesperada madre que sacaba a sus hijos del hogar. Corrían por el extenso camino con la esperanza de que un viento, piadoso, arrojara el eco de sus voces a los lejanos vecinos, mientras lanzaban baldes con agua a un fuego que parecía, en años, no haber comido. La ayuda llegó y su papá también, pero había cubos y cacerolas donde se necesitaba un río. La noche apresó a la familia y los vecinos frente a la enardecida furia, gozosa en su motín. Con la vista clavada en una jaula, el pequeño lloraba enmudecido.

El padre miró esos ojos, jamás tan tristes en su hijo. Le dijo que él había visto al ave en vuelo, que de seguro dejarle la puerta abierta era su olvido. Al posarle la mano, agrietada de cosechas, dejó huella de su grandeza en el hombro de su niño.

Un comentario sobre “FICCIONES: “Cuando el silencio habitó la casa”, por Viviana Ibrahim

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s